Los palacios y el estiércol

Quizás no haya camino, pero, en cualquier caso, el camino del poder nunca puede ser el camino”.
Tomás Ibáñez

La verdadera democracia es un ejercicio de autonomía, resistencia y desobediencia a los poderes que oprimen, explotan y nos roban la alegría (o la dignidad, por usar un término más en boga); es el desarrollo de nuestra potencia de actuar a través de las pasiones alegres o, dicho de otro modo, es la lucha contra la tristeza, la docilidad y el miedo infundidos en la sociedad
Antoni Aguiló

No vivimos tiempos “normales”. Aquella época, no tan lejana, en la que parecía plausible alimentar la ensoñación del regreso a una barbarie “atenuada”, a un capitalismo atemperado basado en el consumo de masas y el Estado social y carente de las agudas aristas criminales del neoliberalismo rampante, no volverá. Aquellos tiempos, en fin, de las vanas ilusiones de “prosperidad” eterna y dignificación progresiva de las condiciones de trabajo, han sido arrumbados al desván de la historia. Comprender las implicaciones de esta constatación es la clave de bóveda de la acción político-social emancipadora y el fulcro para desvelar los flagrantes errores de análisis y estrategia de las -falsamente novedosas- propuestas reformistas de la pseudoizquierda nostálgica de la “Arcadia” feliz del Estado del bienestar.

La tremenda originalidad de la explosión de “alegría” spinoziana que representó el 15-M residió en la conexión entre la efervescencia popular de aquellos días y la recuperación de la calle (“Toma la calle) como espacio político activo, desviándola así de su ordinaria función mercantil al servicio de la valorización del capital. A través de la ocupación de las plazas por la gente se consuma la sustitución de los lugares clásicos de conflicto con el patrón y el Poder (la fábrica y la universidad) por un nuevo emplazamiento creador de formas de organización y sociabilidad en las antípodas de los estereotipos “delegativos” de la democracia representativa (“Que no, que no nos representan”). Como explica Lefebvre: “la producción de espacio es la producción de espacio diferencial: quien sea capaz de producir espacio encarna relaciones sociales diferenciadas que necesitan arraigar en territorios que serán necesariamente diferentes”

Sin embargo, por debajo de esa marea de refrescante expresión de los “sin voz”, el coro de eslóganes regeneracionistas (“Lo llaman democracia y no lo es”) imperante aquellos excitantes días de mayo parecía estar asimismo invocando el retorno a una difusa “normalidad” purificada de adherencias oligárquicas y representada por la nostalgia del capitalismo “dulcificado”, previo al furibundo embate neoliberal: las carreras profesionales previsibles, los servicios sociales y las pensiones, el “pisito” propio, la delegación en políticos que no roben demasiado ni demasiado a la vista y… ¿por qué no?, también el “adosado” en las afueras, el utilitario y las vacaciones en la playa encarnaban los secretos anhelos de las viejas seguridades de la clase media que, subliminalmente, latían en el sustrato de la heterogénea amalgama quincemayista. La aparente horizontalidad del movimiento y su vocación de generación autónoma y progresiva de poder popular encubrían pues la existencia de dos “almas” bien diferenciadas que, con el paso del tiempo, han ido cristalizando en vías de acción político-social casi contrapuestas.

La primera la simbolizaría el joven universitario sobradamente preparado en riesgo de desclasamiento y precarización, súbitamente consciente de haber sido despojado de la posición de centralidad social a la que creía estar destinado. Este descendiente de los “progres” de la sacrosanta Transición y de las clases ascendentes del tardofranquismo (lucrativamente reciclados en probos funcionarios y acomodados profesionales liberales: ¡tantos sueños juveniles y tan mezquinas realidades de adultos!), cándidamente ignorante de la excepcionalidad de las condiciones que arrullaron la conformación de la cohesión social de la que disfrutaron sus progenitores, comprueba alarmado cómo se hace añicos el sueño pequeñoburgués de barniz nórdico-rentista que hasta entonces ocupaba su imaginario colectivo. Su amarga rabia contra el latrocinio (“No hay pan para tanto chorizo”) de políticos y banqueros expresa en el fondo la decepción provocada por la certeza repentina que adquiere de que la relativa prosperidad de la excepcional coyuntura del “milagro” económico desarrollista y los “fastos” olímpicos de la transición y la integración europea se había desvanecido para siempre. El batacazo resultante del previsible colapso del modelo de crecimiento improductivo y parasitario de la economía española derivado de su inserción como actor secundario y dependiente en el entramado del capitalismo globalizado quiebra así el elemento que lubricó la cohesión social desde la instauración del parlamentarismo posfranquista. La indignación “ciudadanista” ante el incumplimiento de la promesa “propietaria” (pilar esencial del sueño “húmedo” del país de clases medias y de su cínica moral de la “dirección postal”) cataliza el descontento del grueso de una generación que ve cómo se desvanecen sus esperanzas de disfrutar de una emancipación social acorde a sus méritos y expectativas. El grito de la “juventud sin futuro” expresa de esta suerte la angustia por la quiebra del mecanismo de transmisión generacional del estatus y la centralidad social que engañosa y puerilmente pareció asegurar el mito de la definitiva modernización del país, del estúpidamente autocomplaciente “España va bien”.

La segunda “alma” quincemayista estaría encarnada por los activistas anticapitalistas cuyo horizonte político se halla en las antípodas del deseo de retorno a una ilusoria “Arcadia feliz” de normalidad y de progreso. Su aspiración, bien al contrario, apuntaría a la transformación revolucionaria del “artefacto” social entero ante la perspectiva de la catástrofe inexorable en ciernes (como afirma lapidariamente el ex-subcomandante Marcos, “nosotros acá pensamos que todo irá empeorando para todos y en todas partes”).

Al contrario que los lastimosos jóvenes “sin futuro” (añorantes de las perdidas seguridades de las que gozaron sus apoltronados mayores y deseosos de parecerse a la idílica Finlandia) los “libertarios” no pretenden movilizarse para dirigirse al poder convencional y aliviar, a costa de infinitas y dolorosas transacciones, las “aristas” más sangrantes de la explotación sino construir subrepticiamente nuevas formas de vida cotidiana que sustraigan de la vorágine del lucro y lo privativo áreas crecientes de nueva sociabilidad: “las ‘maniobras invisibles’ donde se preparan los procesos revolucionarios son todos aquellos espacios políticos donde se comparten saberes, escuelas de conocimientos compartidos y de contra-habilidades, lugares de cacharreo, puntos de cruce entre saberes técnicos y formas de vida disidentes”. Se trata de politizar la vida, no de “movilizarse” interpelando a las instancias donde, erróneamente, se ubica el espejismo del Poder; de construir lo común más allá de cualquier forma de dominación, incluidas las que pueden llegar a ejercer los que proclaman a los cuatro vientos ‘estar al servicio del pueblo’: aquellos que tratan de salvarnos representándonos en lugar de ayudarnos a organizarnos como sujetos de nuestras propias vidas, “desalienándolas” y entrelazándolas ante un entorno hostil.

El movimiento quincemayista sirvió así para aglutinar en un magma sumamente heterogéneo los “retales” de las luchas en curso contra la depredación circundante. Los colectivos de los centros sociales okupados y de los ateneos populares autogestionados, los últimos mohicanos representantes de los infinitos “ismos” residuales de la izquierda revolucionaria, los movimientos ecologistas, feministas y los grupos embarcados en las múltiples plataformas populares erguidas contra las aristas más agudas de la explotación (inmigrantes, enfermos crónicos, ancianos desvalidos…) encontraron en la erupción de alegría del 15-M un magma feraz donde establecer lazos que fortalecieran los procesos en curso. Afectados en común por el desahucio de un vecino, la destrucción de un entorno natural, la inmolación de un semejante o el maltrato al inmigrante pudieron trascender la limitada concreción de sus demandas y apuntar hacia la globalidad del origen común de todas ellas. El disgusto, en fin, por la vida que se lleva y el deseo de otra cosa, de otra realidad y de otra “normalidad” que faciliten la expresión de la auténtica alegría alejada de los ámbitos del trabajo y la explotación imperantes son el sustrato del que puede brotar otro tipo de praxis desmercantilizada y fraterna.

Sólo en las condiciones únicas del 15-M las dos “almas” pudieron, transitoria y precariamente, confluir. De su amalgama ficticia brotó la eclosión de la extraordinaria efervescencia quincemayista pero también la falsa impresión de consistencia y radicalidad del movimiento. La vertiginosa disgregación, el reflujo posterior y su inmediata mutación en reivindicaciones reformistas (las llamadas “mareas”, asaltos al Congreso, etc.) y en ansiosa búsqueda de nuevas formas de participación institucional reflejaron la hegemonía del alma “progre-ciudadanista” y su vocación de abandonar el nuevo espacio “político-guerrillero” para retornar a los tradicionales canales estereotipados de la “papeleta cuatrianual”. Transición acelerada de la plaza al púlpito “aborregante” de los platós televisivos y de ahí al hemiciclo y a las alturas de los áulicos despachos palaciegos: masiva proliferación de líderes encuadrados en las nuevas “marcas” de almibarado electoralismo ciudadanista (Podemos, Guanyem, Somos, Ahora…). Politólogos visionarios y audaces estrategas a vueltas con las cuentas de la lechera reformista que arrebatarán resueltamente las palancas del poder al mastodóntico entramado financiero-corporativo para revertir el mecanismo de desposesión creciente de los trabajadores. Acción heroica de líderes clarividentes con cierto tufo de notoriedad narcisista, aspirantes a ostentar la delegación del ignaro pueblo poniendo resuelto rumbo hacia la conquista del “Palacio de Invierno”. Apuestas y programas cortoplacistas que no rompen siquiera los pusilánimes moldes de la vulgata socialdemócrata y, ¡líbreles Dios!, nada que remita ni por asomo a un horizonte de superación del capitalismo o de alarma ante la corrosión terminal del medio ambiente y el colapso ecológico-social que se avecina. Profundización, una vez más, en la vieja política, aquella que re-centraliza constantemente, absorbiendo todas las energías sociales en torno a unos pocos tiempos, lugares y actores (campañas, elecciones, ‘prime time’…) olvidando de paso, pese a tratarse de profesionales del “ramo”, que la farsa electoral sirve fundamentalmente a la legitimación del poder en la sombra para poder continuar, cuatro años más, con sus business as usual. “Entrismo”, en fin, que sólo transforma a los que pretenden penetrar en las carcasas institucionales y no al bien fraguado entramado que pretenden voltear, olvidando la certera admonición de García Calvo (“el enemigo está inscrito en la forma misma de sus armas”) y destruyendo, lenta pero inexorablemente, los colectivos sociales que los nutrieron para transformarlos en maquinarias burocráticas fagocitadas por el aparato institucional de cargos y prebendas. Podría incluso afirmarse que las organizaciones pacatamente reformistas al estilo de Podemos, con sus vanguardias que tratan de encaminar el descontento ciudadano hacia cauces amansados y religiosamente respetuosos con las reglas del juego partitocrático, son los “anticuerpos” que el poder segrega para prevenir los peligros resultantes de un desarrollo “fuera de control” de la potencia de la acción popular.

Pero, ¿realmente hay lugar para un poder político transformador que acepte la institucionalidad de la carcasa del Estado neoliberal en la vieja Europa, con su sumisión absoluta a los enérgicos diktat de las Troikas, fondos buitres, mercados de futuros y agencias de rating? ¿No resulta fuera de toda duda que la democracia formal no es más que una plutocracia en manos de las clases dominantes que, en cuanto intuyen que se les puede volver en contra de sus intereses, “rompen la baraja” y destruyen con todo tipo de artimañas las supuestamente sagradas reglas del juego? Reconociendo, a pesar de lo anterior, la remota posibilidad de concretar el “cuento de la lechera” reformista con someros avances en paliar los destrozos neoliberales poniendo “tiritas en la femoral” con medidas keynesiano-redistributivas (más bien habría que afirmar, dicho sea de paso, lo contrario: el anacronismo que representan las sobadas recetas keynesianas en la época del capitalismo rentista-financiarizado), ¿no sería a costa de un esfuerzo ciclópeo y múltiples deserciones, de todo tipo de malas artes por parte de los poderes fácticos y sus mamporreros mediáticos y de cruciales e irremediables renuncias a los aspectos neurálgicos que realmente podrían “torcer el brazo” de la hidra capitalista?

Y, por último, ¿se trataría en realidad de algo más que de un intento ilusorio de retorno a la normalidad anterior a la crisis, la de los “muertos en otra parte”, las legiones de hambrientos en el Sahel, la insostenible depredación ambiental y la cínica trinchera de la moral perqueñoburguesa de la “dirección postal”, perfectamente funcional, a pesar de su envoltorio ciudadanista-reivindicativo, a los procesos de acumulación de capital?

En agudo contraste con lo anterior, sin pretensiones de trepar a las alturas institucionales y asaltar “Palacios de Invierno” de pacotilla, se abre la vía de acción político-social basada en el trabajo capilar y comunitario a partir de redes de relaciones desmercantilizadas que puedan activarse políticamente aquí o allá: la vía “estiércol”, sustrato del que puedan surgir organizaciones que desarrollen tareas de transformación de la vida cotidiana. Federaciones de individuos asociados que arrebaten ámbitos de producción de la existencia al corsé de las relaciones sociales burguesas, desarrollando la potencia de las situaciones concretas y aprovechando las “ventanas de oportunidad” que ofrezcan las luchas colectivas. Islotes de autogestión que emulen a los “caracoles” zapatistas, símbolo perfecto, en su pervivencia concreta y en el lento pero constante arraigo en el territorio, del “vamos despacio porque vamos lejos” quincemayista. Tales habrían de ser los mimbres que permitieran construir (por fragmentados y minúsculos que éstos sean) contrapoderes locales efectivos, creadores de nueva convivencia desde lo cercano, abriendo así grietas para la emergencia de atisbos de nuevas formas de vida comunitaria. Una experiencia reconfortante que deja una huella duradera: la satisfacción genuina de descubrirnos capaces de desactivar esos viejos resabios de desconfianza hacia los semejantes y la acción compartida. Ese sería el germen del contagio de esas experiencias y de la auténtica politización de la población: la autoorganización de la vida común (infraestructuras, alimentación, guarderías, enfermería, bibliotecas, etc.) que pueda romper esa gruesa capa aislante que nos separa de algún tipo de genuina praxis colectiva y servir de fermento de una acrisolada alegría.

Sirvan como botón de muestra los centros sociales okupados, donde se ubican creativas actividades comunitarias alejadas del ámbito crematístico y fuertemente arraigadas en los tejidos sociales de los barrios. Mallas colectivas que pugnan por expandirse produciendo espacio diferencial antagonista y recuperando y difundiendo asimismo (eludiendo los trillados canales comerciales dominados por los mass media y los oropeles de las aulas “magnas”) la historia y la memoria cultural de las luchas locales y globales de las clases subalternas. Pequeños pero potentes nodos para, en palabras de Carretero, “construir relaciones sociales diferenciadas, empezando desde lo más cercano y manejable para los movimientos. Construir, por tanto, densidad social, allá donde el neoliberalismo sólo ha dejado devastación, soledad y centros comerciales repletos de cachivaches antiecológicos e innecesarios”. Y también, digámoslo sin rubor, ámbitos donde poner en cuestión las formas de vida, las relaciones de amistad, amorosas y las estructuras familiares hegemónicas entre la gente de “orden” (incluyendo, dicho sea de paso, a la mayor parte de la izquierda tradicional con su mentalidad estrictamente puritana). Desarrollando, en fin, nuevas maneras de convivir que, en una sociedad falsamente hedonista y desinhibida, están profundamente reprimidas para evitar a toda costa que sirvan de enzimas que catalicen a los “infectados” a una mutación antropológica, liberándolos progresivamente de las lacerantes sujeciones represoras y de los sutiles mecanismos de alienación de la vida burguesa.

Ciertamente, como expresa con suficiencia la crítica de la izquierda integrada y los “posmodernos” reformistas de la competición electoral, estos contrapoderes son limitados, precarios y renuncian a chocar frontalmente con los “hegemones” financieros y los poderes estatales que, incólumes, siguen expoliando al pueblo en los espacios centrales de la sociedad. Pero precisamente por su carácter “líquido” y volátil pueden resultar más difíciles de combatir o domesticar que las organizaciones que transitan el electoralismo y aceptan los escenarios del “enemigo”. Y, aunque resulta tremendamente arduo saltar la barrera de la marginalidad actuando en un campo hostil cercado por las relaciones de valorización del capital, su carácter “escurridizo” y su facilidad reproductiva los hacen más peligrosos (como demuestra la encarnizada brutalidad policial de los desalojos de centros sociales) por su papel contagiosamente ejemplificador.

Así pues, sólo cabe esperar que la cacofonía de inspiración y de conocimiento compartidos generada por estos poros de nueva sociabilidad sirva de contagioso vector de desalienación que pugne por desactivar la anestesia paralizante de la estrecha moral de la “dirección postal” y por vencer paulatinamente los “arcanos” temores de las clases populares a la ruptura de esa gruesa capa aislante de docilidad, inercia y miedo que nos separa de la implicación en formas de vida comunitaria. Y la mayor fortaleza resultante de la cultura y la práctica libertarias (absorbiendo asimismo grupos desencantados de “Podemitas”, hastiados de la impotencia y las servidumbres del proscenio partitocrático) facilitaría que, en una hipotética reedición de una explosión popular del cariz del 15-M, una innovadora praxis contestataria arraigara en capas crecientes del sufrido pueblo laborante, contribuyendo a tejer los mimbres de una cotidianeidad antagónica a (como refiere la cita inicial) los poderes que oprimen, explotan y nos roban la alegría.

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