Inflación: la coartada perfecta

“Los datos son negocios. Los datos son políticos. Y eso es particularmente pertinente en el caso de la inflación, porque las inflaciones son polémicas. Generan ganadores y perdedores. Por eso nos preocupamos por la inflación. Las cifras de inflación no son meramente descriptivas. Forman parte de la economía política del proceso que describen”

Adam Tooze

“Voy detrás de los niños todo el día apagando la luz y después de los dos facturones que llegaron en invierno, en marzo dije que no podíamos poner la calefacción. Hubo días de mucho frío, pero no la encendimos y le ponía al pequeño el pijama, el ‘body’ y el polar en casa porque es que si no, no llegábamos a la primavera. Nos ha roto el invierno”. La angustiosa declaración corresponde a Estefanía, una joven trabajadora con dos hijos cuya pareja está en paro.

Por primera vez en cuatro décadas, la inflación desbocada se ha convertido en los últimos meses en una de las preocupaciones dominantes en todos los ámbitos de la sociedad, afectando duramente a las capas más empobrecidas. La angustia de Estefanía no es ni mucho menos un hecho puntual. Según el propio BCE, el presunto guardián de la estabilidad de precios, la situación es grave, especialmente para las clases populares: “La alta inflación actual perjudica especialmente a los hogares con rentas más bajas porque los artículos con tasas de inflación muy altas, como la energía y los alimentos, constituyen una parte comparativamente grande de la cesta de consumo”.

El súbito encarecimiento del coste de la vida dificulta enormemente la subsistencia cotidiana de millones de personas en una economía global “pospandémica” aquejada de niveles inéditos de desigualdad y de tasas de pobreza impactantes. Una situación que puede devenir explosiva -una de las causas del inicio de la Primavera Árabe de 2011 en Túnez y Egipto fue la brusca elevación de los precios de los alimentos- en el depauperado y expoliado Tercer Mundo:

“El índice mundial de precios de los alimentos se encuentra en el nivel más alto jamás registrado. Golpea a los pueblos que viven en Oriente Medio y el Norte de África, una región que importa más trigo que ninguna otra. Incluso con las subvenciones del gobierno, los habitantes de Egipto, Túnez, Siria, Argelia y Marruecos gastan entre el 35% y el 55% de sus ingresos en alimentos”

Sin embargo, desde los cenáculos del poder se trata de transmitir una imagen de calma tensa: el discurso oficial afirma que se trata de un brote agudo pero transitorio, producto de una “tormenta perfecta” provocada por la “conjunción astral” de varios shocks exógenos, intensos pero fugaces: el súbito volcado al consumo de la demanda embalsada durante la parálisis pandémica (la tasa de ahorro de los hogares españoles se redujo en un 13% en el cuarto trimestre de 2021); la intensa dislocación de las cadenas de suministros generada por los recurrentes cuellos de botella en los flujos comerciales globales y la enorme convulsión en los suministros energéticos, minerales y alimentarios sobrevenida a raíz de la guerra en Ucrania. Ninguna conexión por tanto, según el relato dominante, entre la inflación disparada y la devastación ambiental o el agotamiento acelerado de los pilares energético-materiales de nuestra sociedad depredadora, ni tampoco con las graves falencias estructurales que afectan a la espasmódica reproducción de capital desde hace décadas. Se trata únicamente de un sobresalto, grave pero accidental, en el “imparable” retorno a la senda de crecimiento tras el shock pandémico. Los “cisnes negros” de la guerra y la pandemia serían los únicos culpables de la brusca aceleración de la inflación de precios y de los peligros que se ciernen sobre la ansiada “vuelta a la normalidad”: agudo empobrecimiento de la población, con el consiguiente riesgo de recesión debido a la contracción del consumo; endurecimiento de la política monetaria y subida inminente de los tipos de interés, incrementando el riesgo de un súbito colapso de la colosal montaña de la deuda global; pánico de los ahorradores y rentistas, que asisten impotentes a la depreciación de sus “capitalitos”, y el resto de jinetes del Apocalipsis que desencadena la “bestia” inflacionaria (”el peor de los males que puede aquejar a una sociedad”, Milton Friedman dixit).

Mientras tanto, los gestores de la fábrica de dinero -la cúspide del poder global, coronada por la Reserva Federal y su billete verde- contienen la respiración atribulados ante una coyuntura que genera la peor de las pesadillas a los celosos “guardianes de la estabilidad de precios”: el espectro de la inflación desbocada acechando por el horizonte. El desconcierto y los vaivenes son continuos y las nerviosas invocaciones a la transitoriedad y excepcionalidad del momento de las prudentes “palomas” se alternan con los amenazadores augurios de los “halcones”, partidarios de endurecer drásticamente la política monetaria, en una pugna simulada que no logra ocultar la incapacidad del discurso dominante de dar cuenta del inusitado fenómeno.

Michael Roberts describe la desorientación de la ortodoxia: “La teoría económica dominante está ‘desconcertada’. De hecho, el miembro de la junta del BCE Benoit Coeure comentó recientemente: ‘La teoría económica está luchando con la teoría de la inflación. Los agregados monetarios y el monetarismo han sido abandonados y con razón. Las explicaciones de holgura doméstica (la curva de Phillips) han sido atacadas pero todavía sobreviven mal que bien’. Y Janet Yellen, ex presidenta de la Reserva Federal de EEUU comentó: ‘Nuestro marco para comprender la dinámica de la inflación podría estar ‘mal definido’ de manera fundamental’”. Un botón de muestra del grado de sofisticación esotérica de la cruzada antiinflacionaria de los money makers lo representa el hecho de que la teoría dominante está basada principalmente en las evanescentes “expectativas de inflación”, es decir, en hipótesis especulativas sobre el comportamiento futuro de los agentes. Como resumía Ben Bernanke, gobernador de la FED en plena vorágine del cataclismo de 2008: «un prerrequisito esencial para controlar la inflación es controlar las expectativas de inflación». Estamos sin duda en buenas manos.

Tampoco es ajena a tamaño desconcierto la manifiesta impotencia de las herramientas habituales antiinflacionarias de la banca central -restricción de liquidez al sistema financiero y elevación brusca de los tipos de interés- ante la convulsa coyuntura actual. Con los precios de los alimentos y de la energía disparados por el shock de oferta agudizado por la guerra en Ucrania -al que no es en absoluto ajeno el peak everything de energía y materiales que se agrava vertiginosamente a medida que el capitalismo desbocado choca con los límites biofísicos del planeta- los cancerberos del capital financiero se debaten entre Escila y Caribdis: obedecer inmediatamente su sagrado mandato antiinflacionario, retirando la política monetaria expansiva implantada masivamente tras el shock pandémico, con el riesgo de provocar una aguda recesión -la política monetaria es totalmente ineficaz ante los shocks de oferta, incluso tiende a agravarlos al destruir miles de empresas zombis endeudadas hasta las cejas reduciendo la oferta de productos y servicios e incrementando los precios-, o esperar impávidos a que se calmen las aguas, apelando a la transitoriedad del fenómeno, sin tomar medidas demasiado drásticas para no truncar la ansiada recuperación mientras los índices de precios escalan a niveles intolerables. Como mandan los cánones, el capo di tutti capi de Wall Street ya ha marcado el camino a seguir emprendiendo con decisión el endurecimiento de la política monetaria. Su lacayo de Frankfort, siempre más premioso e indeciso, no tardará mucho en seguir la misma senda. Recordemos que el único mandato del Banco Central Europeo es un objetivo de inflación alrededor de un 2% y la cifra mágica ha sido largamente superada en los últimos meses: actualmente se halla en un impactante 7,5%, récord histórico desde el inicio de la circulación de la moneda única en 2002, desbordando una vez más los sistemáticamente fallidos pronósticos de los gurús de la criatura de Frankfort.

Ante esta situación de emergencia permanente en la que se halla el capitalismo espasmódico y el cúmulo de confusionismo imperante, se agolpan los interrogantes:¿cuáles son las causas reales del desbocado aumento de los precios que presenciamos actualmente? ¿Se trata de un brote agudo pero breve o estamos ante un cambio de paradigma en relación con la época de inflación contenida de las últimas décadas? ¿Cuáles serían, en definitiva, las razones de fondo que subyacen a la proclamación de la “estabilidad de precios” como primer mandamiento de las políticas neoliberales y como objetivo prioritario de la política monetaria de la banca central moderna?

La coartada perfecta

«La inflación es una enfermedad, una peligrosa y a veces fatal enfermedad que, si no es controlada a tiempo, puede destrozar una sociedad»

Milton Friedman

«La inflación es como un ladrón en la noche»

William Mcchesney Martin, gobernador de la Reserva Federal

No existe concepto más neurálgico en el núcleo de la ideología económica dominante en el último medio siglo que el de la omnipresente lucha contra la inflación. El “ladrón en la noche” deviene el hilo conductor que recorre todos los estratos de la ortodoxia teórica y del discurso político y mediático de los, como le gustaba decir a Marx, «espadachines a sueldo» del capital.

En el capítulo titulado «¿Cómo curar la inflación?» de su exitosa serie televisiva «Libre para elegir», el gurú neoliberal Milton Friedman se recrea, apareciendo repetidas veces con la impresora de billetes en la cámara acorazada de la Reserva Federal, en la idea del dinero como stock, que se vuelca irresponsablemente a la economía por el gobierno despilfarrador provocando inflación –«el peor de los males»– y miseria rampantes. Recordemos asimismo la célebre metáfora de Marshall, uno de los padres fundadores de la ortodoxia económica, que representa la esencia de la superchería dominante acerca del dinero-lubricante, con funciones meramente circulatorias de facilitador de los intercambios: «Una máquina no puede funcionar a menos que se engrase, de lo que un novicio pudiera inferir que cuanto más aceite se ponga mejor funcionará, pero, en realidad, si se pone más aceite del necesario la máquina quedará obstruida».

A partir de esta concepción mitológica del dinero como mero lubricante de los intercambios -en realidad, el 95% del dinero circulante es deuda creada del puro aire por la banca privada para la financiación de la acumulación y de las colosales burbujas de activos-, la “teología” económica edifica un monumental corpus teórico en aras de legitimar la embestida furibunda contra el Welfare State y las condiciones de vida de la clase trabajadora del último medio siglo. El monetarismo de Friedman -”una maldición terrible, un conjuro de espíritus malvados”, en la horrorizada descripción de Nicholas Kaldor- es la pseudoteoría que sirve de legitimación al encarnizamiento terapéutico neoliberal y la cruzada inflacionaria deviene la coartada perfecta para aplicar manu militari las políticas impopulares necesarias para restablecer la tasa de ganancia del capital en los países centrales tras la crisis de los años 70. El golpe contra las finanzas públicas y la consumación del “austericidio” son los daños colaterales de la aplicación de los mandamientos supremos de la gobernanza neoliberal: la banca central “independiente” -que deja a los estados «soberanos» postrados a los pies de los caballos de los despiadados mercados financieros-; los ajustes fondomonetaristas, que aplicaron el torniquete de la deuda externa y el fórceps de la apertura de capitales a través del llamado Consenso de Washington contra los infortunados pueblos del Tercer Mundo, y, last but not least, la destrucción de los sindicatos de clase y de las organizaciones antagonistas del movimiento obrero fordista, en aras de exacerbar la sobreexplotación y la precarización laborales, imperiosamente necesarias para el abaratamiento de la fuerza de trabajo que exigía la pertinaz crisis de rentabilidad del capital.

Para comprender la obsesión inflacionaria es por tanto imprescindible leer el “subconsciente” al discurso dominante para percibir que no se trata en absoluto de un mero expediente técnico, cuya manipulación en manos de expertos es necesaria para restablecer los equilibrios económicos alterados, sino de la envoltura tecnocrática del ejercicio del poder de clase del capital en su época crepuscular. La continua invocación del miedo a la bestia inflacionaria ha sido, en definitiva, la coartada perfecta del modelo vigente, la excusa ideal para destruir la función redistributiva del Estado y para otorgar sustrato pseudocientífico al sacrosanto mandamiento de las políticas de austeridad y de la agresión antiobrera. Como en la fábula de «Pedro y el lobo», la continua apelación al espectro inflacionario -durante décadas, los oráculos de la banca central han errado sistemáticamente en sus intentos de alcanzar su sagrado “objetivo de inflación”- ha servido de coartada a la aplicación del encarnizamiento terapéutico neoliberal, pero cuando el “ladrón en la noche” ha hecho realmente acto de presencia con estrépito, los cancerberos de la estabilidad de precios estaban totalmente desprevenidos.

Moreno describe la agenda oculta del culto al tótem inflacionario:

«El control de la inflación ha sido la trampa del modelo económico vigente. Y, como muestra de ello, basta revisar los datos de la distribución del ingreso en todos los países que han seguido la norma: en todos se ha ampliado la brecha entre ricos y pobres, con la omnipresente coartada del cuidado de los precios».

Así pues, para comprender cabalmente el marco histórico-político en el que se desarrolla la cruzada inflacionaria es necesario abandonar las supercherías del discurso del capital y ampliar el foco para iluminar los procesos reales que propulsan la desigualdad y el empobrecimiento rampantes de las clases populares. ¿Realmente representa el brote inflacionario en curso el factor clave para explicar el deterioro del poder adquisitivo de las clases populares o existen otros ámbitos ocultos donde se desarrolla desde hace décadas la expropiación imparable de los medios de subsistencia de los que dependen únicamente de la venta de su fuerza de trabajo? O, dicho de otro modo, ¿qué es lo que ocultan y cuáles son las consecuencias reales de las políticas neoliberales aplicadas por la dirigencia capitalista con la coartada de la cruzada inflacionaria?

Las inflaciones ocultas

«Se trata de vendarnos los ojos y de suscitar el temor a la inflación para justificar el mantenimiento del “ejército de reserva”, arguyendo que se intenta evitar que los salarios inicien una espiral “salarios-precios”. Curiosamente, nunca se oye hablar de una “espiral renta-precios” ni de una “espiral intereses-precios”, aunque esos costos también se deben tener muy en cuenta al fijar los precios»

William Vickrey

Toda la “matraca” de la cruzada inflacionaria que presenciamos actualmente oculta en realidad las causas profundas de la espiral alcista de los precios de los productos básicos que sufre la clase trabajadora mientras mantiene al mismo tiempo en la penumbra los ámbitos donde realmente se desarrolla de forma más aguda desde hace décadas el deterioro de las condiciones de vida de las clases populares y la propulsión de la desigualdad social.

Hay dos graves omisiones que revelan la inconsistencia de las explicaciones ortodoxas de la inflación y de las políticas aplicadas para combatirla, desvelando asimismo su función meramente ideológica de cobertura pseudoteórica de las agresiones antiobreras de las políticas neoliberales: el papel neurálgico de la tasa de ganancia y las inflaciones «ocultas».

En primer lugar, se oculta sistemáticamente el papel clave de la tasa de beneficio -y con ella, del conflicto esencial del capitalismo entre comprador y vendedor de fuerza de trabajo- en la fijación de precios, más aun en los mercados oligopólicos que dominan los sectores productores de bienes y servicios básicos- v.gr. el aberrante sistema de fijación del precio de la electricidad en España, que ha provocado su desbocada escalada reciente-. A lo anterior se suman el papel de amplificador que tiene en la fijación del precio mundial de los alimentos y de las fuentes de energía el casino financiero y la creciente financiarización de los beneficios de las grandes multinacionales: «La baja rentabilidad en los sectores productivos de la mayoría de las economías ha estimulado el giro de las ganancias y la acumulación de efectivo de las empresas a la especulación financiera. El principal método utilizado por las empresas para invertir en este capital ficticio ha sido recomprar sus propias acciones». Las apuestas especulativas realizadas en los mercados de futuros y de commodities de Chicago y Londres, propulsadas por la inundación de liquidez de la política monetaria expansiva de los bancos centrales, disparan los precios de los bienes de los que depende la subsistencia de los parias de la tierra. Las abultadas cuentas de resultados de las grandes corporaciones, enfocadas en el reparto de suculentos dividendos y en el “retorno al accionista”, y las dimensiones mastodónticas del capital ficticio especulativo que fagocita aceleradamente la riqueza global son por tanto los culpables principales de la escalada de precios que amenaza con imposibilitar la subsistencia cotidiana de millones de desheredados de los frutos del bienestar capitalista.

Roberts estima en cerca de la mitad -otras estimaciones incluso la superan- el peso del ascenso desorbitado de los beneficios empresariales tras la pandemia en el brusco incremento de la inflación que aqueja a la economía imperial: “Justo antes de la pandemia, en 2019, las corporaciones estadounidenses no financieras obtuvieron alrededor de un billón de dólares al año en beneficios, más o menos. Esta cantidad se había mantenido constante desde 2012. Pero en 2021, estas mismas empresas ganaron alrededor de 1,73 billones de dólares al año. Esto significa que el aumento de los beneficios de las empresas estadounidenses representa el 44% del aumento inflacionario de los costes. Sólo los beneficios de las empresas están contribuyendo a una tasa de inflación del 3% en todos los bienes y servicios en EEUU”. Estos precios acrecentados están por lo tanto asociados a la urgencia por recomponer la pérdida de rentabilidad acaecida durante la fulminante pero breve recesión provocada por la pandemia. Como resume Michel Husson: “La inflación resulta principalmente de la voluntad de las empresas de enderezar su tasa de beneficio si ella es inferior al nivel que desean».

Estamos ante el “elefante en la habitación” del discurso tecnocrático de la ideología dominante: la inflación no es un mero resultado aséptico de la interacción de factores objetivos -demanda de los consumidores, costes de producción, cantidad de dinero en circulación, etc.- sino la expresión palmaria del conflicto insoluble por la apropiación del excedente económico entre el trabajo y el capital. Y no parece necesario aclarar quién se lleva el gato al agua: la clave de la comprensión de la inflación y de las políticas para combatirla reside, en definitiva, en preguntarse quién está en condiciones de establecer precios -fijando por tanto el margen del que surge la rentabilidad del capital- en el capitalismo realmente existente. Estamos ante la pregunta “maldita” para la ortodoxia de la teoría económica burguesa. Astarita describe el núcleo de la ocultación: “todo está orientado para que un estudiante se reciba de economista sin haberse preguntado jamás de dónde y cómo surge la ganancia del capital. En última instancia, se trata de la ‘pregunta maldita’ para la economía política burguesa. Y al arte de este ocultamiento, se le llamará ciencia económica”.

La historia reciente demuestra fehacientemente lo anterior: la ardua y precaria recuperación de la tasa de ganancia tras la crisis de los años 70 se logró a través de la inflación de precios y de la agresión antiobrera perpetrada a lo largo del primer embate de las políticas neoliberales. La derrota absoluta de la clase trabajadora en los años 80 permitió que las tasas de ganancia aumentaran y que la inflación en los países centrales disminuyera en los años siguientes: “La caída de la inflación en las últimas décadas tuvo como telón de fondo una fuerte ofensiva del capital sobre la clase obrera y los movimientos populares (…) Esto es, incrementar el disciplinamiento del trabajo a la lógica del mercado y el capital, en respuesta a la crisis de sobreproducción y rentabilidad de los 1970. La reacción monetarista fue su expresión”.

Nicholas Kaldor desvela la agenda oculta tras la cruzada inflacionaria de los años setenta: «La subida de tipos de interés y los recortes brutales de gasto habían derrotado a la inflación reduciendo la demanda. Era pues la contracción en la producción y el empleo lo que había derrotado a la inflación. El control de la oferta monetaria y la lucha contra la inflación no eran más que unas convenientes cortinas de humo que daban una coartada ideológica para medidas tan antisociales».

Destacar el papel clave del conflicto de clases esencial al sistema de la mercancía en la fijación de precios proporciona asimismo la explicación del «misterio» de la ausencia absoluta de inflación tras la debacle financiera de 2008, cuando la tasa de beneficio se recuperó con la misma rapidez que actualmente y los bancos centrales insuflaron colosales manguerazos de liquidez a un sistema financiero exánime: la sobreexplotación laboral y el austericidio, que caracterizaron el embate del capital tras la crisis subprime, deprimieron el nivel salarial y engordaron el “ejército de reserva” sin necesidad de subir los precios. Josh Bivens aclara el agudo contraste entre los dos shocks:

“En recuperaciones anteriores, el crecimiento de la demanda interna fue lento y el desempleo fue elevado en las primeras fases de la recuperación. Esto llevó a las empresas a desesperarse por obtener más clientes, pero también les dio la ventaja en la negociación con empleados potenciales, lo que condujo a un crecimiento moderado de los precios y a la contención de los salarios. Esta vez, la pandemia disparó la demanda en los sectores duraderos y el empleo se recuperó rápidamente, pero el cuello de botella para satisfacer esta demanda en el lado de la oferta no fue en gran medida la mano de obra . En cambio, fue la capacidad de envío y otras carencias no laborales. Las empresas que tenían oferta disponible cuando se produjo el aumento de la demanda provocado por la pandemia tenían un enorme poder de fijación de precios frente a sus clientes”.

En resumen, mientras que tras el colapso de Lehman Brothers la rápida recuperación de la tasa de ganancia del capital se realizó a través del mecanismo clásico del aumento de la tasa de explotación, actualmente se ha producido principalmente mediante la inflación de precios en un entorno de fuerte aceleración de una economía global espasmódica.

La configuración descrita agudiza hasta extremos inauditos las contradicciones de la matriz de rentabilidad del capitalismo desquiciado. La propulsión de los niveles de desigualdad y de pobreza provocada por el torniquete de las políticas neoliberales genera una, potencialmente autodestructiva, contradicción en la capacidad de reproducción ampliada del capitalismo neoliberal: ¿Cómo puede mantenerse la tasa de ganancia del capital ante la intensa depresión del consumo de las masas que podrían provocar los lacerantes niveles de desigualdad y el empobrecimiento de amplias capas de la población? La respuesta es la clave de bóveda de la política del capital en el último medio siglo: la deuda “a muerte” y la inflación de activos -las inflaciones ocultas- son los ámbitos donde se extrae la parte del león de la ganancia del capital que mantiene la maquinaria depredadora en funcionamiento.

Tras el colapso de 2008, la maltrecha tasa de ganancia de las grandes corporaciones, financieras y no financieras, no se ha restablecido a través de la inflación de precios, como en la primera fase neoliberal de los años 70, sino a través de la inflación de activos y de la expansión descontrolada de la deuda y del castillo de naipes del casino financiero global. Sobreexplotación laboral y deuda «a muerte», por un lado, y capital ficticio desbocado, por el otro, representan por tanto las dos caras de la moneda de la aberrante matriz de rentabilidad del capitalismo desquiciado.

Roberts describe la estrecha conexión entre la inundación de liquidez en el casino financiero con el dinero fresco del rescate realizado por los bancos centrales tras la debacle de 2008 -la taumatúrgica QE, que significó el salvamento del sistema financiero global- y la agudización de la desposesión rentista de las clases populares mediante el incremento astronómico del precio de los activos financiero-inmobiliarios:

“Pero las tasas de inflación no aumentaron cuando los bancos centrales inyectaron trillones en el sistema bancario para evitar un colapso durante la crisis financiera mundial de 2008-9 o durante la pandemia de COVID. Todo ese crédito monetario procedente de la ‘flexibilización cuantitativa’ acabó siendo una financiación a coste casi nulo para la especulación financiera e inmobiliaria. La inflación tuvo lugar en los mercados de valores y de la vivienda, no en las tiendas”.

Tal configuración patológica del capitalismo actual desmiente de raíz el mito esparcido por doquier por los «espadachines a sueldo» del capital de que la inflación de precios es la mayor pesadilla de la banca y de los tiburones de las finanzas globales al deprimir los tipos de interés reales -la banca, como prestatario, sufriría graves pérdidas al depreciarse el valor del dinero de los préstamos con tipos de interés reales negativos, tras descontar la inflación desbocada al tipo nominal-.

Lo anterior es sin embargo una falacia que oculta los ámbitos reales donde se desarrolla el negocio cautivo y enormemente lucrativo de la fábrica de dinero en manos privadas. La rentabilidad de la banca -como demuestran las mareantes cifras de beneficios que obtiene sistemáticamente- no depende principalmente del diferencial de tipos de interés entre préstamos y depósitos sino de su papel neurálgico en el casino financiero global. Lapavitsas destaca el punto esencial de la transformación de la banca en un actor especulativo, el detonante del crack de 2008: «La banca tradicional contrasta con la banca titulizada, en tanto que la primera consiste en el negocio de hacer préstamos y contraer deudas y su principal fuente de financiación son los depósitos a la vista garantizados; mientras que la segunda consiste en el negocio de la colocación y reventa de los préstamos y su principal fuente de financiación son los acuerdos de recompra. Mientras que un pánico bancario tradicional equivale a una retirada masiva de depósitos, un pánico bancario de un banco titulizado equivale a la retirada masiva de acuerdos de recompra (repos)».

Las privatizaciones de servicios esenciales (agua, gas, electricidad, telecomunicaciones), características del masivo proceso de expropiación de los «comunes», financiado y promovido activamente por la banca privada, han representado asimismo otra enorme punción de la riqueza social, destinada a engrosar las cuentas de resultados de los oligopolios energéticos y de la gran banca: el incremento exponencial de los precios energéticos que presenciamos actualmente dispara los suculentos beneficios de la banca privada, accionista mayoritario de los mismos.

Y por si lo anterior fuera poco, el negocio bancario actual está garantizado por las políticas -totalmente ajenas al sacrosanto libre mercado competitivo- de salvamento permanente a cargo del banco central, el prestamista de última instancia, el mamporrero del sistema financiero privado, y por el privilegio exorbitante del monopolio de la financiación de los estados, fuente de pingües beneficios y pilar maestro de la completa amputación de la soberanía nacional. La fábrica de dinero privada no tiene por tanto que preocuparse demasiado por los bruscos vaivenes inflacionarios: su privilegiada posición, en la cúspide del gran capital corporativo, y su abultada cuenta de resultados están a buen recaudo.

La configuración anterior, profundamente rentista y parasitaria, de la matriz de rentabilidad del capitalismo realmente existente tiene un inicuo efecto en los ámbitos reales donde se desarrolla de forma cada vez más aguda la expropiación y el empobrecimiento de las clases trabajadoras: las inflaciones ocultas.

El desproporcionado crecimiento de los precios de los activos inmobiliarios -piedra miliar, a pesar de los desastres recientes, del modelo productivo de la piel de toro- no se refleja en absoluto en el índice de precios al consumo, al considerarse la vivienda, en las estadísticas de la contabilidad nacional, un bien de inversión: la acusada revalorización del mercado en los últimos años no sólo no es preocupante para los guardianes de la estabilidad de precios, sino que, bien al contrario, es una señal de la buena marcha de la economía a través del «efecto riqueza» que genera en el patrimonio de sus propietarios, que representan la mayoría silenciosa que sustenta el bloque dominante en el sistema partitocrático vigente. Sin embargo, los abultados intereses de las hipotecas sí son gasto puro, aunque no estén incluidos tampoco en el IPC al no ser etiquetados como gastos de consumo sino financieros. Marx se refería a esta extracción de rentas financiero-inmobiliarias como una explotación secundaria: “Trátase de una explotación secundaria, que discurre a la sombra de la explotación primaria, o sea, la que se realiza directamente en el mismo proceso de producción”. Para más inri, el gasto en alquiler (un 2,5% en la cesta de la compra que sirve de base para el cálculo del IPC) está enormemente infravalorado al ser abrumadoramente mayoritario –un 80% del total– en España el parque de vivienda en propiedad. La subida del 40% del alquiler en las grandes ciudades españolas en el último lustro, que afecta agudamente a la subsistencia cotidiana de las capas más humildes de la clase trabajadora, sólo se refleja de forma mínima en el IPC. Por lo tanto, el principal ámbito de desposesión y expropiación financiera de las clases populares resulta totalmente ignorado por los «guerreros de la inflación». No se trata obviamente de un hecho casual: no se ve lo que no se quiere mirar.

En palabras de Michael Hudson, «se trata de convertir a la economía toda en una enorme colección de puestos de peaje», a mayor gloria de la profusa provisión de rentas encauzada hacia los que «se enriquecen mientras duermen». Las crecientes cargas financieras derivadas de las astronómicas deudas pública y privada representan asimismo un ámbito oculto de expropiación de riqueza real de las clases populares a través de los precios inflados de los bienes y servicios, debido a los abultados flujos de intereses sufragados por los productores. Una máquina de succión que potencia las elevadísimas cotas que alcanza actualmente la desigualdad social: se estima que únicamente el decil superior de las escalas de renta y de riqueza patrimonial percibe ingresos netos de intereses y demás rentas financieras, mientras que el 90% restante son pagadores netos –incluso los que no tienen ningún producto financiero ni crédito bancario-. La inflación de rentas inmobiliarias, los masivos costes financieros sufragados y la privatización absoluta de todos los ámbitos decisivos para la subsistencia cotidiana de las clases populares han sido desde hace medio siglo los mecanismos de extracción de riqueza de abajo hacia arriba que han desembocado en el actual panorama de desigualdad y pobreza rampantes. Todo ello, ni que decir tiene, con la entusiasta bendición de los aguerridos guerreros contra la inflación.

Así pues, más allá del omnipresente debate acerca de si el brote inflacionario actual es temporal o duradero, o incluso de si estamos en la antesala de un periodo de deflación por la reducción del consumo y la depresión inducida que desencadenará el brusco giro de la política monetaria de la fábrica de dinero, lo realmente relevante es que la matriz de rentabilidad del capitalismo desquiciado seguirá extrayendo caudalosos flujos de la expropiación financiera y rentista de las clases populares a través de las inflaciones ocultas y de la sobreexplotación laboral, absorbiendo a borbotones la escasa porción de la riqueza social recibida por quienes se ganan el pan con el sudor de su frente. Por lo tanto, resulta perentorio disipar las cortinas de humo de los espadachines a sueldo del capital, cuyas cínicas apelaciones a la excepcionalidad de los agudos conflictos actuales y su ilusoria confianza en la posibilidad de la ansiada vuelta a la normalidad, no son más que cantos de sirena que pretenden ocultar el hecho desnudo de que sólo la superación de este modo de organización de la vida humana depredador y suicida permitirá la consecución de un orden social racional en un planeta habitable.

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  1. Antonio Gonzalez

    Es fácil entender que los organizadores de esta inflacion estando buscando ganar mucho dinero para prepararse para el final del juego. La falta de escrúpulos eso indica.

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    • aapilanez

      Saludos Antonio. Quizás prescindiendo un poco del tono conspiratorio -en realidad, no hay organizadores, sólo son las reglas impersonales que permiten que se salgan con la suya: y pobre del que no lo intente- estoy muy de acuerdo contigo. Un abrazo y gracias por el comentario.

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    • aapilanez

      Muy honrado por la valoración. Y muy de acuerdo con lo que dices. Como destaca la cita inicial: los datos son políticos y sólo muestran lo que conviene al patrón. De hecho, no sólo la cesta de la compra -al fin y a la cabo una encuesta de chichinabo de «presupuestos familiares» con una muestra bastante limitada- sino toda la infraestructura político-mediática del capital está enfocada en ocultar los ámbitos reales de desposesión de los se ganan el pan de cada día. En una nota del libro incluí un vídeo que te copio que explica muy bien la máquina de succión de los «intereses ocultos» que pagamos todos al consumir aunque no tengamos trato directo con esas honorables instituciones que custodian nuestro peculio.

      min 5′ 35

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  2. Pingback: La deuda y sus culpables – Sobre lo que ya todo está dicho…
  3. rgranero

    Buenas tardes.
    Ante todo deseo felicitarle por sus artículos y desearle el mayor de los exitos con la publicación del libro.
    Por alusiones, es decir, porque yo le cito, le copio mi última entrada sobre la deuda, la inflación y la lucha por el excedente.
    https://filosofiacriticacontemporanea.wordpress.com/2022/05/18/la-deuda-y-sus-culpables/
    Quisiera hacerle una pregunta ¿Ha estudiado vd, por formación o por interés, a Piero Sraffa, en particular, su libro Producción de mercancías por medio de mercancías?
    Lo digo porque estando de acuerdo con el nucleo de sus afirmaciones: “Estamos ante el «elefante en la habitación» del discurso tecnocrático de la ideología dominante: la inflación no es un mero resultado aséptico de la interacción de factores objetivos -demanda de los consumidores, costes de producción, cantidad de dinero en circulación, etc.- sino la expresión palmaria del conflicto insoluble por la apropiación del excedente económico entre el trabajo y el capital. Y no parece necesario aclarar quién se lleva el gato al agua: la clave de la comprensión de la inflación y de las políticas para combatirla reside, en definitiva, en preguntarse quién está en condiciones de establecer precios -fijando por tanto el margen del que surge la rentabilidad del capital- en el capitalismo realmente existente.”, se parece mucho a la piedra angular de la teoria de distribución sraffiana:
    r = R (1-w)
    (La centralidad del salario excedente (ex-post) en Sraffa. Una Teoría Sraffiana de la Distribución (TSD), https://filosofiacriticacontemporanea.wordpress.com/2022/03/29/la-centralidad-del-salario-excedente-ex-post-en-sraffa/)
    Muchas gracias por todo.
    Rafael Granero.

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    • aapilanez

      Buenas tardes Rafael.
      En primer lugar disculparme por el retraso en contestarte -espero que no te moleste el tratamiento, me resulta más cómodo tutearte-. Quería leer tu texto primero y lleva un tiempecito. En segundo lugar agradecerte encarecidamente tu valoración de mis texto y la generosa cita, me ha hecho mucha ilusión.
      He leído tu artículo y hay cosas con las que estoy más de acuerdo que con otras. Decirte así, a vuela pluma, que me chirría un poco esa insistencia en el consumismo y la deuda como explicaciones monocausales de la inflación actual. Creo que es algo -como trato de explicar en el texto- un poco más complejo -de ahí mi insistencia en las inflaciones ocultas y en la crítica de las medidas estándar de la inflación- aunque desde luego tu argumento es importante. Y por supuesto que coincido en el papel clave de la tasa de beneficio, ese era uno de los objetivos del texto, revelar la importancia de ese «elefante en la habitación» ajeno a las explicaciones convencionales de los espadachines a sueldo del capital.
      Decirte que tu intuición es certera: he leído a fondo a Sraffa -te copio abajo un artículo que escribí sobre su magna obra hace unos años- y he aprendido mucho de él. Es más, diría, si me permites la osadía, que se trata de un marxista vergonzante que, para desmontar las falacias de la ortodoxia -loable tarea a la que dedicó su vida- quiso quitarle carga social a su contribución para evitar la acusación de radicalismo. Digo esto porque, como sabes, la teoría de la explotación es la gran ausente de su obra. Simplemente plantea la pregunta maldita -¿cuál es el origen de la ganancia del capital?- pero no la responde por mor de preservar la cientificidad de su monumental contribución. Así que das en el clavo como ves con tu pregunta.
      Pues en principio nada más, salvo agradecerte de nuevo encarecidamente tu comentario, los buenos deseos para el libro y tu generosa valoración de mis textos. Y disculparme también por lo somero del expediente: se trata de temas arduos y sería necesario un debate a fondo para espigarlos adecuadamente.
      Mientras tanto, te mando un fuerte abrazo.
      https://rebelion.org/la-ciencia-aberrante/

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      • rgranero

        Ante todo, gracias por tu más que amable respuesta. Si he tardado en contestar, y aún no contesto del todo, es por que pienso que tu respuesta, no sólo amable y ponderada, sino que me abruma al llevarme a pensar en el tiempo que te he robado, merece una atención que, por diversos temas y ninguno malo, ahora no puedo concederle.
        Me ha sido grato recibir tu respuesta, y por el sólo motivo de agradecerla, publico este comentario a la espera de poder contestar con mayor tranquilidad.
        Un abrazo.

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  4. Pingback: Inflación, la coartada perfecta por Alfredo Apilanez – Tribuna Liberal
  5. aapilanez

    El agradecido soy yo querido Rafael por contar con lectores tan cualificados y amables como tú. Eso es lo importante, ya habrá tiempo para debatir acerca de estas arduas aunque neurálgicas cuestiones y espero que sigamos en contacto y que me hagas partícipe de tus aportaciones. Un fuerte abrazo

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  6. Pingback: Inflación, la coartada perfecta (1) – Federación Anarquista 🏴
    • aapilanez

      Buenas tardes Rafael.
      Antes que nada, agradecerte enormemente tu sustancioso comentario y la inmerecida atención que prestas a mis humildes escritos. Y muchas gracias también por el interés en el libro y por la cita del artículo sobre Sraffa, personaje muy admirado por mi parte y del que he aprendido muchísimo. Ni que decir tiene que sería un gran honor que me hicieras llegar cualesquiera comentarios, críticas o sugerencias que te pudiera suscitar la lectura del libro.
      Yendo al «turrón» decirte que me ha gustado mucho tu post y que estoy bastante de acuerdo con todo lo que dices además de agradecerte también la leve rectificación acerca de si la deuda y el consumismo son causas determinantes de la inflación, que ayuda bastante a clarificar los conceptos. Estamos de acuerdo en que no lo son, al menos no son el meollo del asunto sino simplemente factores coadyuvantes y coyunturales.
      Quizás los únicos disensos sean a propósito de lo que llamas deuda «ilegítima» -quizás todas lo sean- y del contexto histórico de lo que venimos en llamar neoliberalismo. No estoy muy seguro de haber entendido bien ese matiz que haces acerca de que «el Capital se apropia del valor, pero no de la materialidad, del excedente…» pero puede ser simplemente una cuestión de interpretación. El caso es que, y esto enlaza con lo que te comentaba del contexto histórico neoliberal, en mi opinión -como trato de argumentar en el libro- la clave de la evolución -o quizás sería mejor hablar de involución- del capitalismo desquiciado es su pérdida de dinamismo y las crecientes dificultades para sostener una salud razonable en los centros imperiales, y la bajada de la productividad y la rentabilidad del capital en el último medio siglo creo que es una fehaciente comprobación de lo anterior. Esa es la clave de la explosión de la deuda -para sostener simultáneamente el menguante poder adquisitivo de los trabajadores y la tasa de ganancia del capital- y de la inflación actual. Se trata en esencia, como demuestran los datos y argumento en el artículo y tu concuerdas, de mantener el margen del capital en mercados oligopólicos haciendo pagar el pato de la carestía a las clases trabajadoras. Y la financiarización a muerte -el retorno del accionista, la recompra de acciones, el papel de los fondos de inversión y del casino financiero global, etc.- tiene mucho que ver en ello. Así que sí, estoy muy de acuerdo contigo cuando dices que la clave de tot plegat -si me permites la expresión, creo que eres buen conocedor de la lengua de Espriu- es el incremento de la explotación y la dificultad creciente del sistema para reproducirse con un mínimo de sostenibilidad. Malos tiempos pues los que se avecinan.
      Bueno Rafael, no te canso más, lo dejo aquí por ahora aunque sería obviamente sería un gran placer proseguir con el intercambio.
      Un abrazo agradecido por la atención de nuevo.

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      • rgranero

        ¡Vaya! Si fuera un famosillo diría aquello tan manido de «¡me gusta que me haga esta pregunta!». La cuestión es que sí me gusta que me preguntes sobre eso de «apropiarse del valor, pero no de la materialidad». Cada vez que hablo de ello, y puesto que sin duda es la clave de bóveda de mis tesis, me extraña que el interlocutor no lo cuestione, pues es algo cuanto menos abstracto y, aunque no esté bien que lo diga, acertado o no, es totalmente novedoso.
        El hecho de que lo cuestiones te honra doblemente: da certeza del esfuerzo dedicado a entender mi escrito y no sólo no muestras indiferencia, sino que te expones a que te conteste, con el trabajo añadido de tener que dedicar más tiempo (y no es que el tiempo sea oro, es que huye y nunca vuelve) a leerne.
        Voy a redactar lo que debería ser una explicación de qué quiero significar con la frase «apropiarse del valor, pero no de la materialidad». Soy algo lento, por lo que te pido tengas paciencia para conmigo.
        Un abrazo.

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  7. Pingback: En respuesta a Alfredo Apilánez – Sobre lo que ya todo está dicho…
  8. aapilanez

    Perfecto Rafael, me alegra haber puesto un poco «el dedo en la llaga» porque ciertamente la expresión me parecía un tanto críptica. Así que permanezco «expectante» a la espera de tu ampliación además de agradecerte de nuevo la atención y las molestias que te has tomado para entablar este feraz debate sobre mi texto y estos arduos asuntos.
    Un abrazo para tí también y seguimos…

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  9. rgranero

    Disculpa que utilize los comentarios como medio para comunicarme, especialmente si el «comentario» no tiene que ver directamente -y en este caso, ni indirectamente, con la entrada. Pero una vez puesta la tirita en la -supuesta- herida, paso a decirte, o sea, comentarte que el motivo por el que aún no me he puesto con lo del «ahorro inquietante» (o porque digo que el Capital se apropia del valor, pero no de la materialidad, del excedente) es un texto que, a cuento de las reiteradas matanzas indiscriminadas ocurridas en los EEUU, hace tiempo que llevaba pergeñando (¡más de un año!) y que finalmente he acabado: «Las armas y el estado del bienestar» (https://filosofiacriticacontemporanea.wordpress.com/2022/06/14/las-armas-y-el-estado-del-bienestar/). Un abrazo, y me pogo con mi siguiente texto: «¿Qué es el ahorro inquietante, concepto acuñado por el economista amateur N. Johannsen?»

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    • rgranero

      ¡Hola! El texto prometido no avanza tan rápido como cualquiera desearía y sería de esperar, pero la realidad, que es muy egoísta, reclama su cuota de atención, y como fiel servidor, uno no puede negarse…
      https://www.nuevatribuna.es/articulo/actualidad/hemos-perdido-culpa-votantes/20220623094528199775.html

      Ésta es mi reflexión sobre Andalucía’22:
      «Hemos perdido, y la culpa no es de los votantes. Aún existe otra forma peor de responsabilizar al ciudadano votante, y es reafirmarse en la propia estrategia.»

      Por otra parte, sin hacer spoiler, te diré que, para convercer a un presunto lector de que existe un «ahorro inquietante», he convocado desde un maestro chino del sumi-e (水墨画) hasta al propio Einstein y su famoso ascensor…

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  10. aapilanez

    Hola Rafael, un placer saludarte de nuevo y muchas gracias por tu amable respuesta. Ni que decir tiene que te agradezco sobremanera la molestia que te has tomado en contestar a mi humilde pregunta pero te tengo que pedir un poco de paciencia ya que el texto es largo y complejo y yo actualmente me hallo en fase de descompresión veraniega y ni siquiera tengo acceso sencillo a Internet. Cuando regrese a mis lares trataré de darte una mínima respuesta. Mientras tanto te envío de nuevo un saludo agradecido

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  11. rgranero

    Los beneficios empresariales comportan una curiosa contradicción, para aumentarlos las empresas pueden o bien vender más y o bien bajar costes salariales, pero no las dos cosas a la vez. Obvio ¿no? (Vale, sí que pueden, y de hecho lo hacen, pero eso es materia de otro artículo: https://www.nuevatribuna.es/articulo/sociedad/valor-materia-deuda-keynes-economia/20220719113801200818.html).

    También pueden vender menos, pero con mayor precio y sin subir los salarios. Una vez más, las dos cosas a la vez tampoco funcionan (Vale, lo hacen, pero ya sabemos el final… ¡Es el mercado, amigo!)

    ¿Entonces?

    Entonces, hablar de aumentar la oferta o de bajar la demanda (aquello que dicen: cuadrar las curvas de la oferta y la demanda para equilibrar el precio) no son otra cosa que trampantojos engañabobos con que nos quieren encandilar. Lo tremendo es que “nuestros” economistas, con muy pocas salvedades (CCOO es una de ellas) centran sus soluciones en cómo cuadrar las curvas de oferta y demanda, olvidándose de los beneficios…

    Pues de eso trata el artículo, del impacto de los beneficios empresariales en el incremento de los precios, y para demostrarlo las motivaciones del artículo se apoyan en los profesores Torres y Vergès, en CCOO, en Pedro Luis Angosto e Isabella Weber y en, cómo no, Sraffa como clave de bóveda.

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