Categoría: Sin categoría

¡No es la desigualdad, estúpido!

 

La “nueva izquierda” y el trampantojo de la desigualdad

Hay que preguntarse si la economía pura es una ciencia o si es “alguna otra cosa”, aunque trabaje con un método que, en cuanto método, tiene su rigor científico. La teología muestra que existen actividades de este género. También la teología parte de una serie de hipótesis y luego construye sobre ellas todo un macizo edificio doctrinal sólidamente coherente y rigurosamente deducido. Pero, ¿es con eso la teología una ciencia?

Antonio Gramsci

Sería una gran tragedia detener los engranajes del progreso sólo por la incapacidad de ayudar a las víctimas de ese progreso

Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal (1987-2006)

No existe tema que concite actualmente debates más vehementes sobre cuestiones económicas que el de las causas y posibles medidas correctoras de las crecientes desigualdades de renta y de riqueza agudizadas en estos tiempos de crisis y de recrudecimiento del embate neoliberal. En los últimos cuarenta años, el peso de los salarios en la renta nacional ha sufrido un significativo descenso en paralelo a la extraordinaria acumulación de riqueza en el fastigio de la pirámide social (la moda de referirse al abismo entre el 1 y el 99% remite a esta extrema divergencia entre la cúspide y la base). El éxito reciente del texto de Piketty (“El capital en el siglo XXI”) demuestra la enorme preocupación que la erosión acelerada de los colchones amortiguadores del Welfare State perpetrada por la apisonadora neoliberal suscita en las capas sociales ilustradas y en los nostálgicos del capitalismo con “rostro humano”. El arco de opiniones “respetables” abarca desde las posturas- llamémoslas “redistribuidoras”- de los restos de la socialdemocracia que ejemplifica Piketty  hasta el despiadado neoliberalismo privatizador y desregulador de los cachorros de Friedman y Hayek. Los “redistribuidores” ponen el foco asimismo en la necesidad de poner coto (la Tasa Tobin y la lucha contra los paraísos fiscales serían ejemplos paradigmáticos) a la colosal extracción de rentas por parte del capital financiero y de los monopolios energéticos. Se trata de evitar que estas “máquinas de succión” agosten con su voracidad parasitaria las virtudes  de las sanas actividades productivas impidiéndolas derramar sus dones sobre el tejido social. La contraposición entre rentismo financiarizado depredador versus capitalismo temperado creador de riqueza y empleo domina el discurso regenerador de la izquierda reformista. La obra –en otros aspectos interesantísima- de Steve Keen o Michael Hudson ilustra bien esta posición. El Estado debe, por tanto, mediante regulaciones financieras estrictas y medidas fiscales deficitarias de incremento del gasto y la inversión públicos, posibilitar la corrección de las fuerzas desatadas por la brutalidad de la agresión neoliberal (detener el “austericidio”) orientándolas hacia cauces que reviertan los rasgos patológicos en pos de un capitalismo bonancible (recuperar la soberanía monetaria, controlar el casino financiero, cambio de modelo energético, etc.).

Tales planteamientos, hegemónicos en la “nueva izquierda” institucional y en extensos ámbitos de los movimientos sociales, están atrapados en un falso dilema y eluden afrontar el núcleo del problema que aparentemente desean mitigar. Dicho de una forma un poco brutal: “su impotencia deriva de su mojigatería”. La medida estrella que propone Piketty al final de su monumental estudio sobre el crecimiento tendencial de la desigualdad en el capitalismo de los “tiempos normales” ilustra bien la pusilanimidad de las propuestas “redistribuidoras”: un impuesto global sobre la riqueza que contrarreste las tendencias hacia una forma de capitalismo “patrimonial” marcado por lo que califica como desigualdades de riqueza y renta “aterradoras”.  El acento puesto en la corrección de las iniquidades (“vivimos en un mundo donde el patrimonio neto de Bill Gates supera el PIB de Haití durante 30 años”) o en la utópica reforma financiera que embride la “fiera rentista” evita enfrentarse con las causas estructurales que las provocan. El agudo crecimiento de la fractura social que reflejan los “aterradores” niveles de desigualdad y la hegemonía de la “máquina de succión” financiera son en realidad síntomas (epifenómenos) de un proceso más profundo: el agotamiento de la base de rentabilidad del capitalismo fordista-fosilista de los “treinta gloriosos” y de su función social legitimadora (que combinaba el “american way of life” de la sociedad de consumo con sistemas de protección social a la europea).

Poner el acento en las políticas paliativas y en el control de las finanzas desaforadas (como si fuera posible un sistema posneoliberal, con una distribución del ingreso más equitativa y un sector financiero “domesticado”, al servicio de las actividades productivas, dentro del marco capitalista) omite el análisis del funcionamiento real de la “sala de máquinas”.  Y, a su pesar, el discurso regenerador cae en la sutil trampa tendida por la economía ortodoxa que -con la pretensión de cientificidad que se arroga- trata los problemas distributivos como independientes de las instituciones de propiedad y de las relaciones sociales de producción y de poder. Se pretende constituir de esta suerte un campo de juego “neutral” que logre colar la ilusión de que, con el timonel adecuado, el control del Estado -como pretendido agente reequilibrador- será capaz de voltear las relaciones de poder a favor de las clases subalternas. Al no explicar los mecanismos reales –y su evolución histórica- a través de los cuales la acumulación de capital esquilma sus fuentes nutricias queda en la penumbra el auténtico foco infeccioso que causa los síntomas que se pretenden combatir: la creciente dificultad de exprimir el jugo del trabajo humano que lo alimenta como sustrato de la violencia creciente –de la cual la impúdica desigualdad y la financiarización rentista son las manifestaciones más visibles- que el orden vigente ejerce sobre el ser humano y su medio natural.

Una prueba indirecta de esa centralidad de los procesos de extracción de riqueza social que se desarrollan en la “sala de máquinas” del capitalismo sería la ocultación sistemática de los mecanismos reales del funcionamiento del reino de la mercancía llevada a cabo por la disciplina que tendría como finalidad primordial desvelarlos. La economía vulgar se contenta, en las fieramente sarcásticas palabras de Marx, con “sistematizar, pedantizar y proclamar como verdades eternas las ideas banales y engreídas que los agentes del régimen burgués de producción se forman acerca de su mundo, como el mejor de los mundos posibles”.

Los ejes sobre los que gira la exacerbación de la lucha por el producto social están cuidadosamente ocultos bajo un marco conceptual permeado por la ideología dominante. La creciente explotación del trabajo y la exacerbación del imperialismo belicista; la expropiación financiera a través del monopolio de los medios de pago y del imperio de la deuda en manos de la banca privada y la destrucción de los mecanismos redistributivos que el Estado “benefactor” implementó para amortiguar los acerados efectos de los desbridados “mercados libres quedan fuera del foco de la economía ortodoxa. Su principio axial, como decimos, es la consideración de las leyes que determinan la distribución del ingreso y del excedente social (que eran el objeto fundamental de la economía política para los clásicos: “la ciencia que se ocupa de la distribución del ingreso entre las clases sociales”, en la definición de David Ricardo) como totalmente independientes de las instituciones de propiedad y de las relaciones sociales de producción. Todos los datos relevantes (precios, salarios, beneficios y rentas) del reparto de la “tarta” se obtienen de los maravillosos modelos matemáticos construidos por los apóstoles de la teología económica a mayor gloria de la libertad de mercado y de la soberanía del consumidor. De este modo, los reformistas de nuevo cuño, al priorizar únicamente el eje redistribuidor-paliativo dejando intacta la “máquina de succión” de riqueza social que sigue operando en las calderas del modo de producción, coinciden involuntariamente con uno de los axiomas basales de la teoría ortodoxa: la exclusión de la redistribución de la renta, de las condiciones de producción y de las relaciones de propiedad del campo de la “ciencia” económica para dejarlos en manos de los bienintencionados legisladores y gestores de las políticas públicas. Quedan éstos encargados únicamente de corregir las externalidades y demás impurezas residuales generadas por el cuasi perfecto funcionamiento autónomo de las fuerzas del mercado libre y la iniciativa individual.

La crítica de las “verdades eternas” (“las verdades económicas son tan ciertas como la geometría” pontificaba solemnemente Alfred Marshall) proclamadas acerca del reino del capital por su discurso legitimador debería contribuir a descorrer el velo que camufla cuidadosamente el engranaje interno del régimen de producción de mercancías. Sus dos ejes claves en la fase neoliberal son la agudización de la explotación del trabajo y de la expropiación financiera rentista que propulsa la financiación de colosales burbujas de bienes raíces por parte de la banca privada. Ello ayudaría asimismo a revelar las limitaciones del discurso reformista-redistribuidor al omitir tales ámbitos neurálgicos para centrarse en “limar asperezas” conformándose con un mejor reparto de la riqueza –carente, dicho sea de paso, de virtualidad alguna en pleno paroxismo neoliberal-. Así pues, al contrario de la opinión de Paul Sweezy (que en su texto clásico ‘Teoría del desarrollo capitalista’ justificaba centrarse únicamente en la exposición constructiva del análisis marxista en lugar de dedicar ímprobos esfuerzos a la “ingrata tarea” de una crítica del discurso del capital), desvelar la condición profundamente ideológica de la teología económica debería servir, no sólo para revelar sus flagrantes inconsistencias al servicio de sus intereses de clase, sino sobre todo para evitar que la pusilanimidad y la falta de rigor de una visión superficial de la realidad y de las fuerzas sociales en pugna por parte de las fuerzas progresistas aumenten la sensación de impotencia que amplias capas populares sienten ante la aparente imposibilidad de lograr cotas reales de cambio social.

 

 

 

La teología económica (I)

 

 

“Esta adhesión a unos modos de interpretar el mundo contra los vientos y mareas de la realidad, esta obstinada aplicación de los mismos enfoques a cualquier campo o problema en busca de evidencias empíricas siempre triunfantes, nos recuerda más el comportamiento de la alquimia que aquel otro acorde con los cánones tantas veces descritos de la ciencia experimental”

José Manuel Naredo

“La economía es una rama de la teología”

Joan Robinson

 

  1. Hermenéutica

 

¿Qué pensaría un profano que se acercara con sana curiosidad a los sesudos tratados de los teóricos de la economía, con el fin de mejorar su comprensión de las intrincadas aristas de la realidad económica, ante la afirmación de que en esos modelos no hay cabida para el análisis del dinero, del beneficio, del capital, del tiempo, de la renta, de las grandes corporaciones ni del estado?

Si, llevado por la incredulidad ante tan insólita aseveración, perseverara en su intención de indagar en las fuentes originales adentrándose  a través de la maraña de ecuaciones hasta los supuestos basales de la disciplina, encontraría  desarrollos del siguiente tenor, extraído de un comentario de Bernard Guerrien a uno de los manuales canónicos de la macroeconomía ortodoxa impartida en facultades de medio mundo: “Su libro empieza presentando “la teoría básica de los precios”. De hecho, Barro nunca trata en su libro «de los» precios, sino de un precio, denotado por P, presentado como el nivel de precios, pero que en realidad designa el precio del único bien de la economía. El capítulo siguiente versa sobre la «economía de Robinson Crusoe». Barro explica que, en aras de la «claridad», va a examinar «una economía de familias aisladas idénticas en la que cada una se parece a Robinson Crusoe». El meticuloso autor observa de refilón que con bienes idénticos y familias idénticas “existe entonces un pequeño problema: ¿por qué razones vendería y compraría la gente éste bien?”. ¡He ahí una pregunta muy pertinente! La “solución”, avanzada por el otro Bob, Lucas, para propiciar algún estímulo al intercambio que ponga en marcha el engranaje, propone considerar que los bienes difieren en el color y que cada familia se especializa en la producción de bienes de un color, aunque desee consumir bienes de todos los colores. Consciente quizá de lo ridículo de esta “solución”, Barro evoca la naturaleza “abstracta” de su tarea, que está destinada, sin embargo, “a capturar en un modelo concreto algunas características del mundo real”.

A nuestro estupefacto lector esta última pretensión le parecería tan inverosímil, a la vista de los endebles mimbres utilizados en tan “formidable” ejercicio de modelización abstracta, que con toda seguridad abandonaría cualquier intención de continuar profundizando en ulteriores complejidades lógico-matemáticas. Por esotérico que todo ello pudiera parecer, cualquier estudiante de primer curso de la carrera de economía puede dar fe de que galimatías de este cariz, seguidos de una avalancha intimidatoria de “páginas y páginas llenas del críptico lenguaje de las matemáticas”, son una buena muestra de la manera de razonar de cualquier teórico “cabal y de buena reputación”. De nuevo Guerrien: “Está claro que nuestros sabios y expertos tienen un gran interés en mantener su reputación complicando sus modelos a su gusto, lo que los vuelve de difícil acceso para cualquier otra persona que no sean ellos mismos y permite de paso encubrir el hecho de que actúan en mundos totalmente imaginarios”. Y precisamente en la perfección ideal de esta “religión  matematizada” reside su pretensión de delimitar una esfera económica autónoma,  totalmente separada del resto de campos científicos y generadora de leyes inmutables, ajenas a cualquier “contaminación” de tipo ético y cuya correcta aplicación producirá benéficos efectos en todo el cuerpo social.

Como explica Michel Husson: “El espíritu científico en economía consiste en decir que existen leyes -‘regularidades sorprendentes’- y la ética del economista es entonces dirigir, sobre la base de su saber, recomendaciones a la sociedad. También estará probablemente persuadido de que su gestión está libre de toda desviación ideológica y que solamente le inspiran las enseñanzas de la ciencia pura. Para él, la ideología está únicamente del lado de los que sostienen proposiciones alternativas sin fundamento científico”.

Virtudes “teologales” como que los mercados siempre se ajustan hacia el sagrado equilibrio; que el dinero es neutral; que los mercados financieros son “eficientes” (los precios de los activos reflejan siempre los “fundamentos” y no tiene sentido la especulación); sobre la primacía incuestionable de la gestión privada sobre la pública o la obsesión patológica con la inflación son absurdos dogmas sagrados que no resisten la prueba de los hechos. Sin embargo, elaborar modelos que conduzcan a reforzar la creencia en tales entelequias y a combatir implacablemente a los sacrílegos que osen cuestionarlas es la ocupación de los mejores cerebros de la disciplina. Como explica Rolando Astarita: “estas abstracciones pueden comprobarse en los infinitos papers que se elaboran en cientos de universidades y centros de investigaciones, con miles de economistas resolviendo puzzles insulsos y escribiendo fórmulas matemáticas que nadie sabe a qué conducen”. Guerrien resume el punto nodal: “La profesión se perpetúa de este modo por cooptación: sólo se aceptan aquellos que hacen el juego, se tragan la purga matemática y proponen nuevas fábulas y, si es posible, en sintonía con las corrientes de moda. Estos absurdos y esta ceguera en personas que, por otra parte, proclaman alto y fuerte el carácter científico de su investigación únicamente se pueden explicar por el peso de la ideología y de sus convicciones previas: convencidos de la «eficacia» de los mercados en la asignación de recursos no pueden hacer otra cosa que intentar “demostrar” que esto es así, aunque sea a costa de las aberraciones que hemos indicado”.

 

  1. Política

 

Algunos popes de la “religión matematizada”, sin ápice alguno de cinismo, practican además la retórica autocomplaciente. En un plúmbeo texto que lleva el llamativo título de ‘Apología del economista’ –“excusatio non petita…”- Arthur Pigou hace la siguiente declaración de intenciones sobre los loables fines de su profesión-¡que los arcángeles tañan los celestiales violines!-: “Concédase al economista que en su ciencia, como en las otras, la verdad no surge siempre de su asidua búsqueda; pero no es suficiente encontrar la verdad ya que la justificación final de su obra es fruto de la práctica, del beneficio que su conocimiento proporcione al bienestar humano. Hay que transportar de alguna manera la verdad de la sala de estudio al mercado. La verdad debe llevarse al espíritu de aquellos que dirigen los negocios y utilizarse en su obra”.

En contraste con la huera retórica de Mr Pigou –nótese que la aplicación práctica de su preclaro saber, inicialmente destinada a promover el ‘bienestar humano’, en un brusco desplazamiento en el que quizás aflore el traicionero inconsciente, queda inmediatamente restringida a ‘los que dirigen los negocios’-, otros sumos sacerdotes de la teología económica muestran una actitud bastante más escéptica acerca de la posibilidad de “llevar la verdad de la sala de estudio al mercado”. El celebérrimo exministro griego de finanzas Yanis Varoufakis relata la siguiente conversación entre Kenneth Arrow -ilustre teórico y matemático, arquitecto de uno de los pilares basales de la catedral teórica de la escolástica neoclásica: la teoría del equilibrio general- y un ingenioso profesor asistente a una sesión magistral del maestro en los años 90: “Profesor Arrow, la ecuación 3.3 me recuerda al argumento a favor del tipo de impuesto ad valorem que se podría introducir en los casos en los que la tasa fiscal progresiva…”; el maestro le interrumpió inmediatamente, y con cierta condescendencia, le amonestó del siguiente tenor: “Querido muchacho, estás cometiendo un terrible error: confundir lo que es interesante con lo que es útil. Lo que dices es interesante pero si realmente trataras de aplicarlo a cualquier medida política real sería altamente peligroso”. Parece pues que los gurús de la férrea axiomática modelizada no tienen excesiva confianza en la posibilidad de que sus “interesantes” construcciones traspasen el umbral de la utilidad práctica para aplicarse a los ‘mercados realmente existentes’. Como añade sarcásticamente Varoufakis –que describe la vulgata de la teología económica como “una religión basada en ecuaciones y una abundante dosis de mala estadística”-: “Imaginen un mundo donde la política económica fuera predicada en base a modelos que asumen en su núcleo axiomático que no existe el tiempo, ni el espacio, ni las grandes firmas, ni el beneficio o el dinero. Sería realmente terrorífico”.

La confidencia del tótem del “equilibrio general” explicita uno de los rasgos esenciales de la construcción ideológica del mainstream: la completa disociación entre una teología económica pura, profundamente positivista y metafísica y su “interfaz normativa”, dedicada a la fundamentación pseudocientífica del discurso del capital. De este modo, las concepciones ultraliberales, que habían sido totalmente demolidas por la crítica keynesiana de la época fordista, retoman el control del diseño de la política económica neoliberal por razones totalmente ajenas a las que deberían estar involucradas en un estricto debate científico.

Husson capta la esencia del asunto: “Uno de los efectos de esta configuración es la desaparición de toda controversia científica abierta. Es una de las paradojas del campo: el respeto de los criterios de cientificidad tomados prestados a la física se acompaña con la aceptación acrítica de todo estudio de caso que satisfaga las normas puramente formales. La idea de los estudiantes críticos de caracterizar esta disciplina como autista corresponde perfectamente a la realidad del campo. La economía oficial es aún ciencia inmóvil en el sentido de que no registra ningún progreso acumulativo por invalidación gradual de hipótesis erróneas o de modelos incompletos”. Un devoto liberal seguidor de sir Karl Popper –estrechamente relacionado, dicho sea de paso, con el surgimiento y la consolidación de la escuela austriaca de Hayek y el monetarismo de Friedmann, las ramas teóricas más furibundamente apologistas de la ortodoxia neoliberal- y de su manoseado criterio de cientificidad, se sentiría justamente escandalizado. Al igual que la “Santísima Trinidad” o la “Inmaculada Concepción”, los dogmas de la Ciencia Económica son inmunes a la falsabilidad racional. Husson de nuevo: “La evolución del campo de la ciencia económica no obedece a esta tensión, y más bien se caracteriza por la yuxtaposición de paradigmas alternativos que, hasta cierto punto, figuraban, al menos en estado de esbozo, en el momento de la constitución de la disciplina. Por ejemplo, la crítica a la que fue sometida la teoría neoclásica de la producción y de la distribución de la renta en el momento de las controversias cambridgianas tendría que haber desembocado en una invalidación irreversible de este esquema teórico”. Sin embargo, el dogma refutado, inasequible a la crítica racional, continúa siendo el catecismo oficial de la disciplina y sigue impregnando “el mundo de los negocios y la política”.

La proclamación de la “religión matematizada” por un sanedrín de teóricos y guardianes del templo –a pesar de las demoliciones de sus puntales axiales- ha corrido paralela al creciente uso de su racionalidad instrumental –supuestamente despojada de cualquier contaminación ético-moral- en los diseños de las políticas económicas. La autista abstracción de la teoría pura, deslegitimada por la refutación teórica y por la inverosimilitud de sus principios, no ha sido óbice para construir en su nombre el arsenal de recetas neoliberales puesto al servicio del mantenimiento de la rentabilidad del capital. Excelente ejemplificación de lo que Pierre Bourdieu calificó de “confusión entre las cosas de la lógica y la lógica de las cosas”. De nuevo Guerrien: “Los políticos constantemente toman decisiones de orden económico que a veces tienen que justificar, si es posible, invocando lo que dicta la «ciencia» (tanto si creen en ella como si no). De ahí la necesidad de disponer de un cuerpo de «sabios» o de «expertos» que fabriquen modelos (las fábulas) que puedan servir de aval «científico» a las políticas propuestas. Así, la estúpida fábula del ilustre “nobelizado” Robert Lucas de las “dos islas” pudo haber servido de aval teórico a las políticas de retroceso del Estado del Bienestar que surgieron a finales de los años setenta”.

Nuestros conspicuos representantes de la “nueva macroeconomía neoclásica” –Mr. Barro y su estrecho colega Mr.Lucas- no tienen pues empacho alguno en descender de sus elevadas elucubraciones sobre los intercambios de bienes de colores entre isleños aislados para iluminar a los ignaros tribunos de la plebe con sus enérgicas recomendaciones de política económica extraídas de las honduras de su saber superior: “En 1983, Barro aplicó los argumentos de información asimétrica para mostrar que los bancos centrales deberían tener objetivos claros de inflación para luchar de forma efectiva contra ésta, objetivos que no deberían ser violados para reducir el desempleo. Esta línea de pensamiento ha tenido una enorme influencia en el diseño de las políticas de los bancos centrales (incluido el objetivo del 2% de inflación que el Tratado de Maastricht impuso al Banco Central Europeo)”.

Así pues, bajo el manto de la lucha contra la inflación –enemigo mortal de la rentabilidad rentista hegemónica en el capitalismo financiarizado- se esconde la finalidad real de lograr la desaparición de la soberanía monetaria de los estados, maniatados por la sacrosanta “independencia” del Banco Central e incapacitados para facilitar estímulos a la economía a través del gasto con déficit, cuarto jinete del Apocalipsis para los apóstoles de la “libertad económica”. Toda la matraca del ariete neoliberal se dirige pues a culpar al gasto público y a los precarios restos del estado del bienestar de sofocar la inversión privada a través de un incremento de la ineficiencia y un irremediable perjuicio a la “sana gestión privada de los asuntos económicos”: “El gobierno debilita a la empresa privada mediante políticas fiscales (impuestos y deuda) y ocasiona la inflación con una política monetaria expansionista, provocando desempleo creciente  y desestabilizando la economía.  Además de aumentar la demanda agregada y hacer subir los precios, los déficits fuerzan al gobierno a competir con el sector privado al pedir dinero prestado. Los tipos de interés más altos «expulsan» los créditos de la inversión privada, lo que en última instancia lleva a unas tasas de crecimiento más lentas de la productividad y el output”.

Basándose en la papilla de esta vulgata neoliberal, los gobiernos de todo el mundo, siguiendo las ideas monetaristas de Hayek y Friedman, han implementado desde los años 80 un programa destinado a la creación de nichos de “extracción de rentas” –monopolios privatizados, regalías fiscales, desregulación financiera, reformas laborales, etc-, cuyo objetivo es garantizar el pago de regalías a la plutocracia financiera a través de la  creciente expropiación de derechos de la masa laborante.

 

  1. Genealogía

 

¿Cuáles son pues las raíces históricas de esa disociación, de esta huida de la realidad hacia la teoría “pura” de la teología económica -basada en la metafísica vulgar del homo oeconomicus, individuo aislado, racional y optimizador en un entorno de mercados perfectamente eficientes y equilibrados- combinada con una apología sin tapujos de la política del capital? ¿Dónde se sitúa el nudo gordiano que explica la escisión entre este intento “idealista” de evacuación de todo lo que de material pueda haber en el reino de la mercancía y el análisis racional de la realidad de la vida social bajo condiciones capitalistas?

Nada de lo anterior se puede comprender sin acudir a la génesis de la llamada “teoría subjetiva del valor”, surgida a finales del siglo XIX como reacción a la “teoría objetiva del valor”, que constituyó la base del análisis teórico de la economía clásica. El fulcro del que nació la escolástica marginalista, en palabras de Pierre Vilar, “fue la violenta reacción ante la tradición de economía política que arranca con Smith y Ricardo y que culmina con la demoledora crítica de Marx –cuya obra lleva el significativo subtítulo de ‘crítica de la economía política’- y la consiguiente inserción del capitalismo en la sucesión de modos de producción con su tiempo histórico y su fecha de caducidad”. Ante esta historia “razonada” a través del conflicto entre las clases por el excedente económico –el “materialismo histórico”- la aterrorizada ortodoxia huyó de la realidad hacia el aséptico universo de la teoría pura y el subjetivismo: “la negación de la realidad por parte de una clase”. El hecho de que las obras fundamentales de Jevons, Walras y Menger –los fundadores del marginalismo y de la ortodoxia neoclásica vigente en gran parte hasta nuestros días- se publicaran entre 1871 y 1873, justo después de la violenta explosión social de la Comuna de París y cinco años después de la publicación de “El Capital” constituye una prueba contundente de la reacción escapista de la ciencia social burguesa. La magnífica exposición de Cole, Cameron y Edwards merece ser citada in extenso: “Esta combinación de economía teórica despojada del concepto de clase y de política práctica dotada de creciente agresividad es quizás la inevitable respuesta conservadora a un formidable desafío. En 1871, la Europa burguesa había sido sacudida por el primer proceso revolucionario contra la legitimidad de su autoridad: la Comuna de Paris. El proyecto de Smith de reconciliar la búsqueda del interés propio individual con la armonía social se resucitó entonces para demostrar que la «clase» no necesitaba ser una categoría analítica central en economía. Sólo que esta vez este proyecto iba a expresarse en términos matemáticos para así ganar tanto la credibilidad como la mística propia de una ciencia.

El muy extendido desafío socialista, y no el intercambio internacional del conocimiento, ayuda pues a explicar por qué William Stanley Jevons (1835-82), un economista británico, Carl Menger (1840-1921), un profesor de economía en Austria-Hungría, y Leon Walras (1834-1910), profesor de economía en Lausana, Suiza, publicaron libros a principios de los años 70 del siglo XIX exponiendo ideas que aparentemente se habían desarrollado independientemente, pero que mantenían un parecido sorprendente. En los años 70 del siglo XIX, la necesidad histórica (la respuesta al desafío revolucionario) y la búsqueda de la legitimidad metodológica (el manto de la ciencia asociado a la formulación matemática) se combinaron para configurar el nuevo paradigma”.

El corolario inevitable de la búsqueda de una teología que describiera “un orden perfecto esencialmente sin clases sociales” fue la fulminante eliminación del campo de estudio de la flamante teoría económica –que, nada casualmente, había perdido por el camino el adjetivo de ‘política’ de la época clásica- de la distribución del excedente entre los partícipes del “juego económico”: capitalistas, asalariados y rentistas. En palabras de Astarita: “La necesidad de ocultamiento -ocultar la explotación del trabajo- y la inclinación a la apología de lo existente, han llevado a construcciones abstractas, que ni siquiera sirven para captar a vuelo de pájaro lo que está sucediendo en el mundo real”. El “racionalismo desesperado” de la formalización lógico-matemática posibilitó el abandono de la peligrosa visión holística de la economía como ciencia social rectora de la búsqueda de una “historia total” para recubrirse espuriamente del manto legitimador de los métodos de las “auténticas” ciencias formales–física y matemáticas-. Como dice Vilar: “si el cálculo no vale más que en la economía pura, el historiador puede abandonarse a su colección de hechos inconexos, el sociólogo a su colección de formas y el político a su eterna improvisación”. Operando esta ideológica fragmentación del campo de las ciencias sociales para asimilarse – a través de la visión hipostasiada de la ciencia cristalizada en el enérgico positivismo de las monografías “de lo concreto”-  a las metodologías de las ciencias lógico-matemáticas quedó aparentemente neutralizado el peligroso intento de la tradición clásica que culmina en Marx de hacer una “historia razonada” integradora de las ciencias del hombre. De nuevo Vilar: “la reacción, después de 1871, de las ciencias humanas burguesas contra Marx, instintiva o sistemáticamente, las ha conducido en realidad fuera de la ciencia”.

Y precisamente por eso, por tratarse de la forma ideológica mistificadora más depurada de legitimación del orden social vigente, generadora de una esfera pretendidamente autónoma, dotada de pretensiones de cientificidad y constituida más allá de la política, de la ética o de la justicia social, cualquier intento sólido de construcción de un sujeto de cambio debe incluir la crítica frontal del discurso del capital que es la teología económica.

 

 

La banca “carnívora”

La falacia económica en acción es que el crédito bancario es un verdadero factor de producción, una fuente casi fisiocrática de fertilidad sin la cual no puede haber crecimiento. La realidad es que el derecho monopolístico de crear crédito bancario productor de intereses es una transferencia “libre” de la sociedad a una élite privilegiada
Michael Hudson

Los banksters en acción

“No es un negocio agradable, pero se gana mucho dinero”. La cínica sentencia pertenece a un prestamista indio de microcréditos inquirido acerca de la hipotética relación entre la ola creciente de suicidios de granjeros y el agobiante peso de las deudas contraídas para adquirir –entre otros insumos- las “milagrosas” semillas transgénicas del algodón Bt de Monsanto. La dramática situación resulta paradigmática del modo en que el capitalismo financiarizado depredador actúa a nivel global. En los años 90, el clásico ariete integrista del Consenso de Washington (BM, FMI y OMC) impuso en la India el habitual “paquetazo” neoliberal basado en la desregulación del comercio, las omnipresentes reformas estructurales y las masivas privatizaciones de servicios públicos. Ante la desaparición subsiguiente de los subsidios agrícolas y la incorporación de la producción de algodón –el mismo que abasteció las fábricas de Inglaterra en los albores del mundo moderno- a los circuitos comerciales controlados por el agrobusiness, los inermes granjeros quedaron atrapados en la tenaza formada por los “vendedores de crecepelo” de Monsanto y los usureros que les prestaban el capitalito con el que convertirse en “dinámicos” emprendedores. Al socaire del desbrozamiento neoliberal, brotaron asimismo como hongos instituciones de microfinanzas –premiadas, en algún caso, con el Nobel de la paz y el Príncipe de Asturias por su “filantrópica” labor- que alardeaban de su abnegada tarea de benéfica ayuda al desarrollo frente a la falta de escrúpulos de los desalmados prestamistas privados. Contaban, para resaltar su admirable vocación de servicio al prójimo, con la entusiasta bendición de multitud de acendradas ONG’s y fundaciones privadas del mundo rico, que ensalzaban las virtudes sin par de la panacea que libraría de las garras de la miseria crónica a legiones de pobladores de las inmensas zonas rurales de la “mayor democracia del mundo”.

Sigue leyendo