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El sol también era suyo*

Alfredo Apilánez y Salva Torres

¿Será que es posible que las compañías multinacionales puedan llevar ante la justicia internacional a Estados soberanos cuyas políticas puedan tener un efecto restrictivo sobre sus beneficios y sean contrarias a sus intereses privados? Y tanto que sí: esa es, precisamente, la función que desde hace varias décadas cumplen los tribunales de arbitraje.

Beatriz Plaza y Pedro Ramiro

 

“Trato injusto e inequitativo”. Esta es la contundente fundamentación del reciente varapalo legal propinado por el CIADI  (tribunal de arbitraje del Banco Mundial) al Estado español en la primera sentencia por el llamado “hachazo” a las renovables. El título de la historia podría ser: “los recortes ‘austericidas’ y el efecto boomerang”. El objeto de la disputa eran las nefastas consecuencias financieras para los inversores de la supresión “de manera drástica y abrupta” –y con efectos retroactivos- de las generosas ayudas a las energías renovables instauradas en los “días de vino y rosas” de la burbuja inmobiliaria por los gobiernos de Aznar y Zapatero. La chapuza provocó un aluvión de demandas de los perjudicados ante las cortes de arbitraje internacionales: “Las empresas realizaron fuertes inversiones y, cuando el Gobierno cambió las reglas y recortó las subvenciones (primero a finales de 2010, con el PSOE, y luego, en 2013, con la aprobación de la reforma del sector eléctrico del Gobierno del PP), las compañías demandaron a España”.

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¡No es la desigualdad, estúpido!

 

La “nueva izquierda” y el trampantojo de la desigualdad

Hay que preguntarse si la economía pura es una ciencia o si es “alguna otra cosa”, aunque trabaje con un método que, en cuanto método, tiene su rigor científico. La teología muestra que existen actividades de este género. También la teología parte de una serie de hipótesis y luego construye sobre ellas todo un macizo edificio doctrinal sólidamente coherente y rigurosamente deducido. Pero, ¿es con eso la teología una ciencia?

Antonio Gramsci

Sería una gran tragedia detener los engranajes del progreso sólo por la incapacidad de ayudar a las víctimas de ese progreso

Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal (1987-2006)

No existe tema que concite actualmente debates más vehementes sobre cuestiones económicas que el de las causas y posibles medidas correctoras de las crecientes desigualdades de renta y de riqueza agudizadas en estos tiempos de crisis y de recrudecimiento del embate neoliberal. En los últimos cuarenta años, el peso de los salarios en la renta nacional ha sufrido un significativo descenso en paralelo a la extraordinaria acumulación de riqueza en el fastigio de la pirámide social (la moda de referirse al abismo entre el 1 y el 99% remite a esta extrema divergencia entre la cúspide y la base). El éxito reciente del texto de Piketty (“El capital en el siglo XXI”) demuestra la enorme preocupación que la erosión acelerada de los colchones amortiguadores del Welfare State perpetrada por la apisonadora neoliberal suscita en las capas sociales ilustradas y en los nostálgicos del capitalismo con “rostro humano”. El arco de opiniones “respetables” abarca desde las posturas- llamémoslas “redistribuidoras”- de los restos de la socialdemocracia que ejemplifica Piketty  hasta el despiadado neoliberalismo privatizador y desregulador de los cachorros de Friedman y Hayek. Los “redistribuidores” ponen el foco asimismo en la necesidad de poner coto (la Tasa Tobin y la lucha contra los paraísos fiscales serían ejemplos paradigmáticos) a la colosal extracción de rentas por parte del capital financiero y de los monopolios energéticos. Se trata de evitar que estas “máquinas de succión” agosten con su voracidad parasitaria las virtudes  de las sanas actividades productivas impidiéndolas derramar sus dones sobre el tejido social. La contraposición entre rentismo financiarizado depredador versus capitalismo temperado creador de riqueza y empleo domina el discurso regenerador de la izquierda reformista. La obra –en otros aspectos interesantísima- de Steve Keen o Michael Hudson ilustra bien esta posición. El Estado debe, por tanto, mediante regulaciones financieras estrictas y medidas fiscales deficitarias de incremento del gasto y la inversión públicos, posibilitar la corrección de las fuerzas desatadas por la brutalidad de la agresión neoliberal (detener el “austericidio”) orientándolas hacia cauces que reviertan los rasgos patológicos en pos de un capitalismo bonancible (recuperar la soberanía monetaria, controlar el casino financiero, cambio de modelo energético, etc.).

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La teología económica (I)

 

 

“Esta adhesión a unos modos de interpretar el mundo contra los vientos y mareas de la realidad, esta obstinada aplicación de los mismos enfoques a cualquier campo o problema en busca de evidencias empíricas siempre triunfantes, nos recuerda más el comportamiento de la alquimia que aquel otro acorde con los cánones tantas veces descritos de la ciencia experimental”

José Manuel Naredo

“La economía es una rama de la teología”

Joan Robinson

 

  1. Hermenéutica

 

¿Qué pensaría un profano que se acercara con sana curiosidad a los sesudos tratados de los teóricos de la economía, con el fin de mejorar su comprensión de las intrincadas aristas de la realidad económica, ante la afirmación de que en esos modelos no hay cabida para el análisis del dinero, del beneficio, del capital, del tiempo, de la renta, de las grandes corporaciones ni del estado?

Si, llevado por la incredulidad ante tan insólita aseveración, perseverara en su intención de indagar en las fuentes originales adentrándose  a través de la maraña de ecuaciones hasta los supuestos basales de la disciplina, encontraría  desarrollos del siguiente tenor, extraído de un comentario de Bernard Guerrien a uno de los manuales canónicos de la macroeconomía ortodoxa impartida en facultades de medio mundo: “Su libro empieza presentando “la teoría básica de los precios”. De hecho, Barro nunca trata en su libro «de los» precios, sino de un precio, denotado por P, presentado como el nivel de precios, pero que en realidad designa el precio del único bien de la economía. El capítulo siguiente versa sobre la «economía de Robinson Crusoe». Barro explica que, en aras de la «claridad», va a examinar «una economía de familias aisladas idénticas en la que cada una se parece a Robinson Crusoe». El meticuloso autor observa de refilón que con bienes idénticos y familias idénticas “existe entonces un pequeño problema: ¿por qué razones vendería y compraría la gente éste bien?”. ¡He ahí una pregunta muy pertinente! La “solución”, avanzada por el otro Bob, Lucas, para propiciar algún estímulo al intercambio que ponga en marcha el engranaje, propone considerar que los bienes difieren en el color y que cada familia se especializa en la producción de bienes de un color, aunque desee consumir bienes de todos los colores. Consciente quizá de lo ridículo de esta “solución”, Barro evoca la naturaleza “abstracta” de su tarea, que está destinada, sin embargo, “a capturar en un modelo concreto algunas características del mundo real”.

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La banca “carnívora”

La falacia económica en acción es que el crédito bancario es un verdadero factor de producción, una fuente casi fisiocrática de fertilidad sin la cual no puede haber crecimiento. La realidad es que el derecho monopolístico de crear crédito bancario productor de intereses es una transferencia “libre” de la sociedad a una élite privilegiada
Michael Hudson

Los banksters en acción

“No es un negocio agradable, pero se gana mucho dinero”. La cínica sentencia pertenece a un prestamista indio de microcréditos inquirido acerca de la hipotética relación entre la ola creciente de suicidios de granjeros y el agobiante peso de las deudas contraídas para adquirir –entre otros insumos- las “milagrosas” semillas transgénicas del algodón Bt de Monsanto. La dramática situación resulta paradigmática del modo en que el capitalismo financiarizado depredador actúa a nivel global. En los años 90, el clásico ariete integrista del Consenso de Washington (BM, FMI y OMC) impuso en la India el habitual “paquetazo” neoliberal basado en la desregulación del comercio, las omnipresentes reformas estructurales y las masivas privatizaciones de servicios públicos. Ante la desaparición subsiguiente de los subsidios agrícolas y la incorporación de la producción de algodón –el mismo que abasteció las fábricas de Inglaterra en los albores del mundo moderno- a los circuitos comerciales controlados por el agrobusiness, los inermes granjeros quedaron atrapados en la tenaza formada por los “vendedores de crecepelo” de Monsanto y los usureros que les prestaban el capitalito con el que convertirse en “dinámicos” emprendedores. Al socaire del desbrozamiento neoliberal, brotaron asimismo como hongos instituciones de microfinanzas –premiadas, en algún caso, con el Nobel de la paz y el Príncipe de Asturias por su “filantrópica” labor- que alardeaban de su abnegada tarea de benéfica ayuda al desarrollo frente a la falta de escrúpulos de los desalmados prestamistas privados. Contaban, para resaltar su admirable vocación de servicio al prójimo, con la entusiasta bendición de multitud de acendradas ONG’s y fundaciones privadas del mundo rico, que ensalzaban las virtudes sin par de la panacea que libraría de las garras de la miseria crónica a legiones de pobladores de las inmensas zonas rurales de la “mayor democracia del mundo”.

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