Etiquetado: asistencialismo

La gobernanza de la pobreza

 

Del neoliberalismo despiadado a la renta básica paliativa

 Entendemos por ‘paternalismo neoliberal’ aquella estructura social emergente en la que el Estado desempeña un papel paradójico. Se encarga, por un lado, de estructurar con determinación la mayoría de los aspectos de la sociedad al servicio de los ‘arrendatarios del laissez-faire’, mientras que al mismo tiempo  ejerce el papel de facilitador de la ‘gobernanza de la pobreza’”.

Joe Soss, Richard Fording y Sanford Schram, “Disciplinando la pobreza” (2011)

 

Al final de su extraordinaria disección del tortuoso camino recorrido por la economía desde los clásicos (Smith, Ricardo y Marx) hasta la hegemonía actual del dogma neoclásico-marginalista, Maurice Dobb describe de esta desalentada manera el “velo” ideológico que, bajo el ropaje de cientificidad característico de las construcciones matemáticas de la disciplina, encubre sus verdaderas motivaciones de legitimación del orden vigente: “Éste parece un ejemplo más, si aún hiciera falta alguno, dado a nuestra materia, de los prejuicios transmitidos al pensamiento por el marco conceptual heredado o adquirido, el cual, como desde el comienzo hemos sugerido, está permeado por la ideología, cuando no directamente impulsado e inspirado por ella”.

Y no hay cuestión más “permeada por la ideología” que la sistemática ocultación –cuando su función principal debería ser iluminarlas- de las leyes que rigen la distribución de la riqueza social y del verdadero origen de la ganancia del capital llevada a cabo por la “teología económica”.

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La banca “carnívora”

La falacia económica en acción es que el crédito bancario es un verdadero factor de producción, una fuente casi fisiocrática de fertilidad sin la cual no puede haber crecimiento. La realidad es que el derecho monopolístico de crear crédito bancario productor de intereses es una transferencia “libre” de la sociedad a una élite privilegiada
Michael Hudson

Los banksters en acción

“No es un negocio agradable, pero se gana mucho dinero”. La cínica sentencia pertenece a un prestamista indio de microcréditos inquirido acerca de la hipotética relación entre la ola creciente de suicidios de granjeros y el agobiante peso de las deudas contraídas para adquirir –entre otros insumos- las “milagrosas” semillas transgénicas del algodón Bt de Monsanto. La dramática situación resulta paradigmática del modo en que el capitalismo financiarizado depredador actúa a nivel global. En los años 90, el clásico ariete integrista del Consenso de Washington (BM, FMI y OMC) impuso en la India el habitual “paquetazo” neoliberal basado en la desregulación del comercio, las omnipresentes reformas estructurales y las masivas privatizaciones de servicios públicos. Ante la desaparición subsiguiente de los subsidios agrícolas y la incorporación de la producción de algodón –el mismo que abasteció las fábricas de Inglaterra en los albores del mundo moderno- a los circuitos comerciales controlados por el agrobusiness, los inermes granjeros quedaron atrapados en la tenaza formada por los “vendedores de crecepelo” de Monsanto y los usureros que les prestaban el capitalito con el que convertirse en “dinámicos” emprendedores. Al socaire del desbrozamiento neoliberal, brotaron asimismo como hongos instituciones de microfinanzas –premiadas, en algún caso, con el Nobel de la paz y el Príncipe de Asturias por su “filantrópica” labor- que alardeaban de su abnegada tarea de benéfica ayuda al desarrollo frente a la falta de escrúpulos de los desalmados prestamistas privados. Contaban, para resaltar su admirable vocación de servicio al prójimo, con la entusiasta bendición de multitud de acendradas ONG’s y fundaciones privadas del mundo rico, que ensalzaban las virtudes sin par de la panacea que libraría de las garras de la miseria crónica a legiones de pobladores de las inmensas zonas rurales de la “mayor democracia del mundo”.

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De obras “sociales” y causalidades remotas

Uno de los rasgos más repulsivos del inicuo paisaje moral del tardocapitalismo es el barniz benéfico-solidario que pretenden arrogarse las instituciones capitales del sistema económico vigente. A través de sus potentísimos departamentos de mercadotecnia y de la creciente apelación a la, tan en boga actualmente, “responsabilidad social corporativa”, grandes bancos y poderosas multinacionales tratan de envolverse, en su ansia por dulcificar su acerada imagen de tiburones desalmados, con los mantos beatíficos de la cooperación y la ayuda a los “necesitados” de la tierra. Mastodónticas corporaciones empresariales, adalides feroces, en su práctica habitual, del neoliberalismo más descarnado, sin bridas ni cortapisas sociales de ninguna clase, devienen así (con sus fundaciones, obras sociales y demás apéndices asistenciales) celestiales hermanitas de la caridad que acuden prestas en ayuda de los colectivos desfavorecidos. Se muestran, de este modo, sumamente preocupadas por mitigar, de cara a la galería, los desastres sociales y los masivos daños ecológicos que ellas mismas crecientemente infligen. Las instituciones financieras hegemónicas, con mando en plaza en el diseño de las implacables políticas neoliberales en curso, venden, publicitándolas a troche y moche, las benéficas y “dinamizadoras” actividades que desarrollan sus Obras Sociales y Fundaciones “sin ánimo de lucro”. Con toda la fanfarria que sus ingentes medios de propaganda permiten, proclaman a los cuatro vientos su condición de grandes mecenas del arte de vanguardia, de los congresos científicos y de todo tipo de maravillosos proyectos de desarrollo sociocultural aptos para insertar en ellos sus omnipresentes logotipos. Toda la maquinaria de embellecimiento de la imagen “corporativa” está al servicio de un único objetivo ideológico: ocultar su presencia, sumamente asimétrica, en los dos extremos de la cadena causal que enlaza sus crematísticas actividades con las dramáticas consecuencias que provocan. Es decir, el mismo agente que provoca el daño facilita (en un grado infinitamente menor) las cataplasmas para paliar algunos efectos “colaterales” del destrozo provocado por su activa y protagonista participación en un orden económico depredador. Para ello cuentan, además de la vergonzante complicidad (vía profusa financiación publicitaria) de los mass media y de las instituciones públicas que deberían embridarlas, con la valiosísima cantera laboral formada por las legiones de trabajadores cualificados que, en la cacareada sociedad de la información y el conocimiento, tienen en el sector asistencial uno de los pocos nichos de empleo para evitar su desclasamiento o proletarización.

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