Etiquetado: taxonomías

Los palacios y el estiércol

Quizás no haya camino, pero, en cualquier caso, el camino del poder nunca puede ser el camino”.
Tomás Ibáñez

La verdadera democracia es un ejercicio de autonomía, resistencia y desobediencia a los poderes que oprimen, explotan y nos roban la alegría (o la dignidad, por usar un término más en boga); es el desarrollo de nuestra potencia de actuar a través de las pasiones alegres o, dicho de otro modo, es la lucha contra la tristeza, la docilidad y el miedo infundidos en la sociedad
Antoni Aguiló

No vivimos tiempos “normales”. Aquella época, no tan lejana, en la que parecía plausible alimentar la ensoñación del regreso a una barbarie “atenuada”, a un capitalismo atemperado basado en el consumo de masas y el Estado social y carente de las agudas aristas criminales del neoliberalismo rampante, no volverá. Aquellos tiempos, en fin, de las vanas ilusiones de “prosperidad” eterna y dignificación progresiva de las condiciones de trabajo, han sido arrumbados al desván de la historia. Comprender las implicaciones de esta constatación es la clave de bóveda de la acción político-social emancipadora y el fulcro para desvelar los flagrantes errores de análisis y estrategia de las -falsamente novedosas- propuestas reformistas de la pseudoizquierda nostálgica de la “Arcadia” feliz del Estado del bienestar.

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Taxonomías (III)

“Aspiro a que mires a tu alrededor y te des cuenta de la tragedia. ¿Cuál es la tragedia? La tragedia es que ya no hay seres humanos, sólo hay máquinas extrañas que chocan entre ellas”
Pier Paolo Pasolini

“Me mezclé con los hombres en tiempos turbulentos y me indigné con ellos”

Bertolt Brecht

Vivimos en una sociedad marcada por el predominio de las pasiones tristes. La ya mencionada ética spinoziana enseña a cultivar las pasiones alegres, aquellas que fortalecen nuestro poder de acción estimulando nuestras ganas de vivir, en oposición a las pasiones tristes, que lo coartan y debilitan. El ciudadano del mundo rico, en los clásicos términos de Eric Fromm, está atrapado en una contradicción insoluble, potenciadora (a pesar de su situación de privilegio “relativo”) de tristeza y desasosiego: vive en el mundo “idílico” de las libertades aparentes (de voto, de consumo, incluso de venta de su fuerza de trabajo) y de cierta seguridad material, mientras que en realidad se halla al albur de los designios de poderes oscuros que lo someten a la insignificancia y pueden hacer añicos, ante cualquier azaroso giro del destino, esa precaria ilusión de bienestar. Nunca antes el ser humano ha podido sentir tan vívidamente la abismal distancia que reina entre las enormes posibilidades de realización de una vida más plena y los crecientemente agudos procesos de deshumanización en curso. Todos los potentísimos mecanismos de alienación ya esbozados están al servicio de la ocultación de esta punzante paradoja. Su éxito aparente reside en la aplicación de abundantes lenitivos y coartadas que “encriptan” las fuentes reales del malestar facilitando el encauzamiento de las tensiones y desgarros psicosociales hacia terrenos políticamente inocuos, verdaderos vertederos emocionales donde exorcizar los peligros que comportaría la lucidez.

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Taxonomías (II)

Tengo el deseo, y siento la necesidad, para vivir, de otra sociedad completamente distinta de la que me rodea. Como la gran mayoría de los hombres, puedo vivir en ésta y acomodarme a ella -en todo caso, vivo en ella-. Tan críticamente como intento mirarme, ni mi capacidad de adaptación, ni mi asimilación de la realidad me parecen inferiores a la media sociológica (…) Pero en la vida, tal como está hecha para mí y para los demás, topo con una multitud de cosas inadmisibles

Cornelius Castoriadis

“Una cosa es la realidad y otra la mierda, que es sólo una parte de la realidad, compuesta, precisamente, por los que aceptan la realidad moralmente, no sólo intelectualmente”

Manuel Sacristán

 

Lo que tienen en común las manifestaciones de la conciencia equivocada anteriormente esbozadas es la inmunización absoluta que procuran ante cualquier riesgo de “contaminación” política que pueda resquebrajar la gruesa coraza de alienación. Ello permite al anestesiado sujeto mantenerse totalmente vacunado contra la interpelación moral del espanto circundante. Los mecanismos de evasión, abundantemente servidos en bandeja de plata por los genios de la mercadotecnia, crean incluso la vana ilusión de libertad sin alterar en absoluto (más bien reforzándolas) las estructuras socioeconómicas que ahorman el simulacro de individualidad: como le ocurre al preso, que por querer librarse de las ligaduras se enreda cada vez más en ellas. Cuando la fuerza resultante del influjo conjunto de los referidos vectores de alienación arrolla la tenue y deslavazada instancia crítica del individuo, éste se convierte en un pelele en manos de las fuerzas irracionales del hedonismo, el escapismo y el virtuosismo iluminado. El brillo cegador de la profusión de paraísos artificiales aborta cualquier tipo de resistencia consistente. La telebasura, el ocio encapsulado del mall hollywoodiense, los juegos de rol o las terapias transpersonales [sic] de los místicos orientalistas proporcionan eficaz alivio sintomático de los difusos malestares y, por si todo ello no fuera suficiente, los psicofármacos suministran la ataraxia necesaria para preservar el grueso envoltorio translúcido que aísla de la doliente cotidianeidad.

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