Etiquetado: capitalismo

¡Es la renta, estúpidos!

“Sangre, sudor y lágrimas arrancadas a millones, ¿por qué?, ¡por la renta!
Lord Byron

En una escena de la excelente Margin Call, película estadounidense inspirada en la quiebra de Lehman Brothers, un “tiburón” de las finanzas, recién despedido de la firma con cajas destempladas, expresa amargamente su añoranza por su antigua profesión de ingeniero: “aquello servía a la gente, era útil, los puentes unían lugares comunicando a millones de personas. Lo de ahora, en cambio, es pura basura especulativa”. Vislumbrando la inminencia del colapso que atrapará a legiones de incautos deudores, embriagados con el irresistible perfume de la prodigalidad consumista a crédito, el compungido broker pondera, a toro pasado, las virtudes de la llamada economía real frente al casino financiero. Pero su jeremiada está equivocada: el acto de contrición (devenido sabiduría convencional, ingenuamente expresada en la condena del tumor especulativo frente al beatífico capitalismo del tendero) omite, quizás cínicamente, que el puente cuya construcción le llena de orgullo no se hubiera tendido sin el milagro de los panes y los peces de los cupones del interés compuesto que el contribuyó a pergeñar. Precisamente, la incestuosa imbricación entre la banca, las administraciones públicas y las grandes constructoras fue una de las espoletas del colosal desplome de 2008. Yerra, pues, quien trata de deslindar los dos ámbitos para exculpar al glorioso emprendedor del pecado de avaricioso explotador, cargando sólo las tintas sobre el especulador desalmado o el banquero sin escrúpulos para que caigan sobre ellos la ira popular y la demagogia de los títeres políticos. Más todavía: ha sido precisamente la hipertrofia de capital ficticio, característica de esta fase del capitalismo senil, la que ha sustentado el crecimiento económico, el empleo y la rentabilidad empresarial durante los “días de vino y rosas” de pelotazos y burbujas. Acierta, por tanto, el apologeta neoliberal del entramado de las finanzas al resaltar su esencial papel de lubricantes del sistema, dopado “hasta las cejas” por riadas de liquidez que aumentan el rendimiento del motor retrasando su “gripaje”, aun a costa de intensificar la aparatosidad del ineluctable derrumbe. Mientras tanto, en la sala de máquinas, se agudizan la extracción de riqueza social de la masa laborante y la fractura de la colectividad entre los perceptores de rentas, “que se hacen ricos en el sofá”, y aquellos que lo único que tienen que perder son sus, cada vez más gruesas, cadenas.

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La metástasis del capital

La analogía médica (algo socorrida quizás), utilizada también por Alba Rico en la cita inicial,  describe sin embargo bastante apropiadamente la agudización galopante de la condición parasitaria del reino del capital y, por tanto, la más que probable superación del límite económico y ecológico a partir del cual el proceso degenerativo será irreversible. El texto, escrito en 2009 en los albores de la crisis, trata humildemente de fundamentar la intrínseca condición depredadora y degenerativa del Moloch, basada en sus propias condiciones de reproducción y mucho más allá de cualquier ilusión autolimitativa (como sabiamente expresa Castoriadis) de tinte keynesiano-reformista.

La sociedad capitalista es una sociedad que corre hacia el abismo, desde todos los puntos de vista, porque no sabe autolimitarse. Y una sociedad verdaderamente libre, una sociedad autónoma, debe saber autolimitarse, saber que hay cosas que no se pueden hacer o que incluso no es necesario intentar hacer o que ni siquiera hay que desear
Cornelius Castoriadis