La revolución de la vida cotidiana

En los últimos meses han surgido en Barcelona varios centros sociales okupados (Bancos expropiados) en las sedes de antiguas sucursales bancarias, abandonadas por centenares, cual pecios en el fondo del océano, por las extintas cajas de ahorros. Una vez pasada la tempestad especulativa y los días de vino y rosas de pelotazos, hipotecas basura y preferentes a mayor gloria y cartera de constructores, ediles, leguleyos y demás expoliadores del erario, fueron desguazadas a cargo del sufrido contribuyente para su posterior entrega, en bandeja de plata y por un módico precio, al mejor postor.
La inserción de dichos lugares “liberados” en el tejido de los barrios conlleva la apertura de grietas en los hábitos sociales mercantilizados impuestos por las estructuras capitalistas de la vida cotidiana. Las prácticas comunitarias que en ellos se desarrollan ofrecen atisbos de las potencialidades de desarrollo de la vida social, sin las bridas y camisas de fuerza que las reglas del juego imperantes le imponen. A pesar de su aislamiento, el solo hecho de crear entornos autónomos donde se abran posibilidades de desarrollar actividades no lucrativas que impliquen cooperación, apoyo mutuo y estímulo de múltiples tejidos asociativos y vecinales supone, por su radicalismo creativo, un aldabonazo que apela, poniéndolos prácticamente en cuestión, a los cimientos de la ciudad-mercadería circundante.

Sin embargo, y es ahí donde reside realmente su tremenda peligrosidad para el Estado y el Capital, la potencia de tales intentos socializadores de creación de nueva praxis que transforme el hacer y el vivir cotidianos va mucho más allá de su valor de resistencia y activismo ante el entorno de explotación y deshumanización rampantes: representan un desafío directo al corazón del armazón antropológico de la sociedad productora de mercancías.
El rasgo esencial de la vida humana en la civilización mercantil reside en la interacción dialéctica, conflictiva y cambiante, entre las múltiples e irreconciliables escisiones que sufre su actividad práctica: productor-consumidor, tiempo de trabajo-tiempo de ocio, cotidianeidad-festividad, creatividad-rutina, etc. Todas ellas conforman el núcleo de la tensión continua entre las tendencias liberadoras de la condición humana y su existencia según las, sutilmente tácitas y solapadas, pautas restrictivas de la vida burguesa. Se trataría de una lucha permanente entre aquellos aspectos, digámoslo así, antropológicos y, por tanto, universales y comunes a la especie y los que atañen exclusivamente al envoltorio mercantil de la existencia. Así pues, la vida cotidiana, en palabras de Henri Lefebvre, deviene esencialmente contradictoria: “Y es en la vida cotidiana donde toma forma y se configura la suma total de las relaciones que hacen de lo humano —y a cada ser humano— un todo. En ella se expresan y realizan esas relaciones que ponen en juego la totalidad de lo real, aunque de cierta manera que es siempre conflictiva e incompleta: amistad, camaradería, amor, la necesidad de comunicarse, el juego, etc” La sociedad mercantil no niega esas relaciones sino que las embute en su particular corsé crematístico adulterando su esencia genérica.
El capitalismo tardío ha desarrollado mecanismos crecientemente sofisticados para la domesticación y encauzamiento de los referidos conflictos psicosociales, pugnando así por evitar a toda costa que los desgarros provocados por la vana ilusión de libertad individual que estimula la sociedad de consumo acentúen las conductas subversivas o inadaptadas que, de extenderse, redundarían en disminuciones de la productividad social. De este modo, el fortalecimiento y refinamiento crecientes de la coraza de alienación tratan de impedir la asunción, mínimamente consciente, por parte del individuo de su condición de engranaje productivo al servicio del engrandecimiento del capital, incluso en las actividades aparentemente liberadoras y placenteras. Queda pues sutilmente oculta la fractura antropológica entre las facetas privada, familiar, amistosa o amorosa, en las que suelen imperar valores comunitarios de ayuda y cuidados y la despiadada esfera económico-productiva de lucha competitiva por la subsistencia mediante la venta de la fuerza de trabajo. Para encauzar, sin resolverlo, este desgarro implícito en la praxis cotidiana se movilizan (además de los métodos clásicos, más coercitivos y directos, basados en el adoctrinamiento escolar, la familia, la religión, la ley y demás instituciones del control social) una pléyade de lenitivos lúdico-escapistas que pugnan por dirigir y estimular el desahogo de las pulsiones hedonistas aliviando, de forma ficticia pero efectiva, el sufrimiento objetivo que la sujeción al entramado mercantil provoca. Como explica lúcidamente Juan José Sebreli: “La falsa libertad se extiende en la misma medida en que se extiende la opresión real. Las dosis de ocio y placer otorgados, sirven para reprimir un ocio y un placer mayores que pondrían en peligro a la sociedad basada en el trabajo forzado”
Estos mecanismos de control basados en la estimulación de múltiples “desublimaciones represivas”, en los clásicos términos de Marcuse, representan el más poderoso medio de domesticación y prevención de la disidencia (evitando así, en la medida de lo posible, la actuación de fuerzas represivas uniformadas más expeditivas) en la sociedad capitalista madura. Las falsas apariencias de libertad y autonomía personales que representan el ocio y el placer compulsivos, otorgados y empaquetados por la industria de la disipación, consuman la completa sujeción del tiempo “libre” del urbanita a la codicia y la cuenta de resultados de las industrias del entertainment. El frenesí imperante de relaciones sociales virtuales a través de la profusión de gadgets y facebooks de grosera exhibición egotista deviene un potentísimo catalizador de las pulsiones humanas, canalizándolas hacia la docilidad social y la maximización de las ganancias. Estos “sumideros libidinales” que representan los dispositivos comunicacionales, la falsa desinhibición sexual, la televisión basura, las pasiones futboleras, los paquetes turísticos y las vacaciones pagadas son una forma, más profunda y perfecta si cabe que la antigua mentalidad ascética de la represión y el puritanismo victorianos, de cortocircuitar la posibilidad de rebeldía y consumar el férreo control de la potencial disidencia.
La consecución de la sujeción y la docilidad funcionales al poder “sin rostro” ya no se basa pues principalmente en la represión directa de las pulsiones humanas primarias (los escotes pudorosos de las comedias del Hollywood clásico o el “landismo” casposo y mojigato resultan a nuestros desinhibidos ojos de una pacatería antediluviana) sino en el simulacro de su satisfacción. El placer, el bienestar y la salud física, rechazados y suprimidos en las servidumbres de la productiva vida cotidiana, se ofrecen como goce de sustitución en los iPhones, las raves de música electrónica y psicotrópicos, las vacaciones low cost y demás lúdicas mercancías destinadas al asueto y al “aprovechamiento” del tiempo libre. Contra la depresión masiva de la sociedad farmacológica, el cansancio del trabajo alienado, el drama del paro y la fealdad de las urbes modernas el nuevo fascismo light de la civilización totalitaria, como decía Pasolini, ofrece lenitivos pseudohedonistas que suplantan el goce real de la vida plena por un neurótico simulacro.
Si la digresión anterior resultara mínimamente certera, debería ilustrar con claridad la idea de que la peligrosidad para el entramado dominante de las grietas de vida comunitaria que suponen los centros sociales okupados, demolidos y desalojados expeditivamente con excavadoras y antidisturbios, va mucho más allá de las transgresiones del derecho sagrado de propiedad o los posibles horarios intempestivos de sus habitantes. Se trataría más bien de la imperiosa necesidad de represión que el orden totalitario burgués tiene de cualquier atisbo de desmercantilización que muestre la posibilidad real de la práctica, verdaderamente placentera, de una nueva cultura material de vida no escindida ni alienada. Ese es el fin profundo de cualquier acción que transforme las relaciones humanas en una sociedad deshumanizada: un vivir distinto, es decir, revolucionario. Por este motivo, estos retoños de creación de nueva vida cotidiana han de ser extirpados fulminantemente, de raíz, con todos los “cuerpos y fuerzas” a disposición del poder represivo prestos a sumarse a la tarea. De no hacerlo, ese sustrato de comunitarismo podría mostrar prácticamente la impostura de los sucedáneos pseudoliberadores puestos a disposición del ciudadano para la canalización inocua y enajenada de sus manipulados impulsos de plenitud vital. Y, asimismo, esos brotes de nueva sociabilidad entre iguales probarían que la permanencia de las escisiones de la vida humana anteriormente mencionadas y la necesidad de los mecanismos desublimadores de falsos vehículos de gozo para mantener el control social, se sustentan exclusivamente en la preservación de la explotación socioeconomica y en la compensación ficticia del sufrimiento y las agresiones de la vida productiva.
Por lo tanto, esa violencia desaforada de todo el aparato estatal jurídico-represivo, de los poderes fácticos y de los ciudadanos “de bien” contra los detestados okupas sería la contraprueba de la tremenda importancia que tienen esas cuñas comunitarias en la transformación del tejido social, reflejada en el pánico cerval que la práctica de la autogestión y la desmercantilización produce en los guardianes del orden y cancerberos del capital. Temor éste, dicho sea de paso, infinitamente mayor que el que puedan provocar en el bloque hegemónico (a pesar de las apariencias), con todo su efectismo publicitario y gran despliegue mediático, las recientes maniobras político-electorales de estirpe regeneracionista que quizás alcancen, en el mejor de los casos, a introducir elementos muy moderados y controlados de reformas inocuas en el, bien fraguado y blindado, orden imperante
Porque lo que más teme el fascismo posmoderno de la civilización del capital es la posibilidad (por remota que ésta sea) de la conversión de la vida cotidiana de una cantidad significativa de la población en el humus feraz del que pudiera brotar una nueva praxis social desmercantilizada y fraterna. Citando de nuevo a Lefebvre: “la vida cotidiana se compara con el suelo fértil. Un paisaje sin flores o magníficos bosques puede ser deprimente para el paseante; pero las flores y los árboles no deben hacernos olvidar la tierra que los sustenta”.

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